La aligeración de la amistad

Cada mañana, el sol sale por el este y se pone por el oeste, y en ese intervalo de luz con partes de sombra, vive el ser humano. Constante como las excavadoras, la humanidad persigue la perpetuación de una rutina. La necesitamos para habitar esos espacios de hormigón y códigos postales que nos empeñamos en llamar ciudades. Pese a pretendernos urbanos, observamos el ancho de las aceras, las líneas de autobuses y las bocas de metro como elementos lanzados desde una nave espacial.

Por eso no los miramos. Por eso avanzamos por las mismas calles, calcando recorridos, colonizando los mismos bares. Necesitamos la rutina para cohesionarnos como individuos. La rutina y la socialización. Buscamos a los mismos amigos, generamos las cadenas de contactos necesarias para acostar con cierta regularidad un nuevo cuerpo en nuestra cama, para aumentar la memoria de la agenda del teléfono móvil.

Ampliar horizontes. Observar nuevos rostros. Escuchar nuevas palabras, que no son nuevas, sino sólo la boca que las pronuncia. O las escribe.

La llegada de internet al ciudadano medio le ofreció la última falacia del milenio: el mundo entero está a tus pies, puedes conocer a gente de todas las partes del mundo. Los 90 llegaban a su fin y proliferaron las páginas de FriendPals. Gente de todas las partes del mundo que dejaban su dirección física en páginas de internet, para conocer personas con las que cartearse. Cartas, sí, de papel, con letra, dirección y sello lamido. Miles de cartas viajaron a lugares absolutamente remotos y absurdos, gente de Mongolia carteándose con desconocidos norteamericanos, europeos escribiendo a Sudamérica, indios cruzando confidencias con rusos. Algo que parece hoy algo tan remoto como un libro de Tolstoi, un reloj de bolsillo o un hombre fumando en pipa.

Internet generó el primer movimiento de aligeración de la amistad: hablar con desconocidos, aunque manteniendo ese romanticismo de sentarse a una mesa, marcar con tu puño y letra pensamientos que pocas veces podían ser profundos, sino meros intentos de aproximación superficial -quién soy, dónde vivo, qué me gusta- legitimados por la distancia, la absoluta improbabilidad de conocerse algún día en persona, y a menudo la utilización de la linguafranca mundial en vez de tu lengua materna. No era difícil observar lo que luego se confirmaría en el siguiente estadio: el distanciamiento genera una suicida dosis de confianza.

Tras el movimiento de amigos-por-carta, llegó una versión más vaga y perezosa: los chats de mIRC. ¿Para qué molestarse en desplegar un folio, cargar una pluma de tinta -no lo neguemos, para escribir cartas a personas que apenas conocemos nos molestábamos en escribir con pluma- y sentarse a garabatear, pudiendo practicar la velocidad de digitación conectándonos a salas donde una conversación era imposible porque había 40 personas hablando a la vez? La tematización de los canales era sólo una excusa: la búsqueda de una amistad mejorada había emprendido su curso. Entiéndase con mejorada una de esas amistades que nada exigen, porque la distancia y una pantalla demandan poco de un ser humano. Mientras los amigos virtuales florecían, languidecían los compañeros que nos habían visto crecer, los grupos de siempre con los que salíamos los sábados por la noche porque ninguna otra cosa sabíamos hacer, instalados en el hábito, la rutina, la torpe necesidad de socializar a cualquier precio. La instauración de la tarifa plana telefónica generó la perpetuación de la posibilidad de conexión a internet, derivando indirectamente en la eterna posibilidad de hablar con esos desconocidos que siempre eran más interesantes, más profundos, más idénticos a nosotros mismos cuantas más horas pasábamos pendientes de sus letras.

El fenómeno de la proyección, que en las relaciones reales necesita de varios meses y conocimiento profundo, se acortaba gracias al chat. Y con él, el de la decepción, fenómeno este que no cambiaba los hábitos vitales de varias generaciones, que perseveraban en la búsqueda imprecisa de una amistad fin de siglo: amistad presuntamente profunda, pero en realidad vacua y esquiva de la realidad. Es en este estadio donde se genera la pereza que llega a nuestros días: tener amigos está muy bien, pero es muy cansado mantenerlos. Por eso se primaron las nuevas relaciones generadas a través de profundas y extensas conversaciones en ventanas privadas de chat por delante de ese amigo que se acaba de echar una novia un poco perra y está algo tonto, nada que no pudiera curar quizá una buena conversación frente a unas cervezas y tabaco en abundancia; pero ya da pereza. La vida acerca objetos y sujetos lejanos y aleja lo que siempre hemos tenido ahí. El mundo es demasiado grande para cerrarse puertas con viejos amigos desorientados.

Este egoísmo 1.0 obliga a la creación de un nuevo estadio hedonista: el cuaderno de bitácora, el diario. Éste adopta múltiples formas, iniciándose en la definición journal (procedente de dos servidores míticos donde se alojaron los primeros, deadJournal y LiveJournal), y llegando al blog actual (que es exactamente lo mismo que un diario, sólo que el índice de usuarios que no hablan de su vida privada ni enseñan modelitos en fotografías falsamente naturales es mayor). La interacción pasa de ser a tiempo real en un chat a convertirse en un monólogo contínuo, una mostración exagerada y pretendidamente ejemplarizante, no tanto para los demás, sino para la imagen refinada y perfeccionada que de nosotros lanzamos y en último término, nos creemos. El chat se convierte en algo que exige demasiado tiempo, basta con postear algo rápido en tu journal, preferentemente una foto si eres mujer, la vagancia avanza. Y entra en juego el componente de la alimentación del ego: muchos años antes de que existiera Twitter, los journals tenían Friends, el estado primigenio del Follower actual. Bastaba el vistazo a tu página de amigos para comprobar el transcurso de la vida de esas personas que te añadían sin motivo aparente, y ante los que era una señal de completa mala educación no añadirles tú de vuelta.

El problema de la web 1.0 era que exigía también tiempo. Si uno acumulaba, pongamos, 60 friends, no era descabellado que 30 actualizaran ese día. Y que por lo menos, 15 tuvieran uno de esos días torcidos en los cuales te lías a escribir una reflexión filosóficopsicológica sobre el ser humano y sus bajezas sólo porque hoy llovía y dos transeúntes te han golpeado con el paraguas. Líneas y más líneas de profundidad lanzadas rápidamente al hiperespacio que describen un estado transitorio de tu psique.

Demasiado esfuerzo. Leer cansa. Casi tanto como crear lazos reales con una persona. Por eso se ha extendido ahora el lazo 2.0 entre las personas: las redes sociales y el microblogging. Ahora la amistad se circunscribe a una línea de texto que aparece en tu Facebook. Ahora ya no se envían cartas, se twittea. Todos conocemos la más reciente banalidad de nuestros conocidos. Pero nos desvinculamos a cada momento más de ellos, porque no podemos compartir una reflexión. La capacidad de sentarse y arreglar el mundo ya sólo se limita a un grupo de tu red social favorita. Cada vez más aislados, cada vez más incidentales, cada vez más conectados, cada vez más banales, más limitados, más aislados. La paradoja 2.0: tenemos más amigos que nunca, y seguimos estando condenadamente solos.