El poema de Günter Grass

Siempre he pensado que la poesía es algo indescifrable que te abofetea. Puede ser esa clase de bofetada maravillosa, como si te tocara la lotería, o una de esas bofetadas impenitentes que te confrontan con algo que no quieres leer.

Ni admitir.

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Hoy Günter Grass ha sacado el látigo y lo ha travestido de poema. Was gesagt werden muss. Lo que debe decirse. “Lo que hay que decir”, en palabras de Miguel Sáenz, su traductor.

Es un poema difícil, como suelen ser los poemas de Grass, que siempre ha sido mejor novelista que poeta. Un poema con una estructura que a los acostumbrados a las lenguas románicas nos resulta distante y monologal, un poema que pierde bastante fuerza en la traducción -pese a que Miguel Sáenz es El Traductor de Grass-, y que, todo hay que decirlo, como poema es malo.

Pero eso no es relevante para la historia que nos ocupa. Es un poema de un alemán, con una trayectoria fuera de toda duda -por mucho que se haya intentado desprestigiarle por la confesión recogida en su autobiografía “Pelando la cebolla”-, que se ha atrevido a decir en voz alta y de forma pública algo tabú para el pueblo alemán:

Porque hay que decir
lo que mañana podría ser demasiado tarde,
y porque —suficientemente incriminados como alemanes—
podríamos ser cómplices de un crimen
que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa
no podría extinguirse
con ninguna de las excusas habituales.

Evidentemente, un asunto tan nacional ha concitado una unidad nacional en contra de Grass. El taz (periódico de tendencia izquierdista-verde) habla de “la miseria de un autor” que “falsifica los hechos“. El jefe de la Comisión de Exteriores del parlamento alemán (Bundestag), el democristiano Ruprecht Polenz (CDU), acusa a Grass de “confundir la causa con el efecto” y de “fabricar” un contexto internacional que “no se corresponde con la realidad”. El partido socialdemócrata (SPD), por boca de la secretaria general Andrea Nahles, también se ha pronunciado calificando el poema de “irritante y desproporcionado“. En el ministerio de Exteriores israelí consideran que el poema de Grass es una “obra de ciencia ficción de calidad lamentable” y de “un evidente mal gusto”. Pero la opinión más reveladora, en mi opinión, es la del gerente parlamentario de Los Verdes, Volker Beck, quien ha acusado a Grass de “contribuir al prejuicio antisemita” según el cual criticar a Israel “sería un tabú”. Para Beck, no hay tal tabú, de modo que “el poema se descalifica a sí mismo como contribución al debate”.

No hay tabú, pero criticar a Israel es un prejuicio antisemita. Un ejercicio de retórica impecable. Y desvergonzado.

Lo que Grass expone es algo muy claro: no, el hecho de ser alemanes y de haber cometido una atrocidad enorme en el pasado no nos puede callar, ni otorga un cheque en blanco a los israelíes para hacer lo que quieran, como quieran, cuando quieran. Y eso debe decirse. Y eso no supone -como el frentismo infiere- que decir eso es defender a Irán ni sus erráticas políticas populistas. Y que del hecho de no estar de acuerdo con Ahmadineyad no debe inferirse tampoco el cheque en blanco a Israel, y mucho menos viniendo de Alemania. Y eso también debe decirse.

Debe decirse en un país donde la culpa histórica y la autoflagelación por el pasado se ha enquistado. Y no es sólo una percepción de Grass: es un hecho que puedes constatar si vienes a Berlín. Puedes caminar tranquilamente por Mitte y de repente encontrarte con una valla en mitad de la acera que te obliga a cruzar la calle para dar un rodeo a algo. Ese algo es una sinagoga. O un centro judío. O simplemente una cafetería kosher. Tienes una valla y dos corpulentos policías haciendo guardia las 24 horas del día, 7 días a la semana. Para protegerles. No sabes bien de qué a estas alturas, si ya el pueblo alemán está, como dice Grass, suficientemente incriminado por la Historia.

Siempre recordaré una anécdota berlinesa. Un día estaba tomando un cappuccino horrible en el Keyzer Sozé, junto a uno de los ventanales. El que daba a una juguetería judía. Sabía que era judía porque ellos mismos tenían un par de estrellas de David en el escaparate. Y porque había tres coches de policía en la puerta. Tomando huellas y recogiendo muestras de adn. La noche anterior alguien había escupido en el cristal, varias veces. Un ataque en toda regla que debía ser investigado. Era sin embargo un mero detalle aleatorio que todos los demás escaparates de las tiendas circundantes tenían escupitajos también: una tienda de muebles, una guardería y una galería de arte. Pero sólo estaban tomando muestras de la juguetería.

Pero la culpa. Pero la apariencia. Pero la corrección absoluta. Pero la histeria, especialidad israelí.

Las excusas habituales.

Lo que Grass pone sobre la mesa es algo importante: es nuestro deber decir que algo está mal, sea cual haya sido nuestro pasado. Eso no nos puede quitar la Palabra. Nosotros ya no somos ellos (los que cometieron las atrocidades), ni ellos (los que sufrieron y sobrevivieron) son ya estos. Y sobre todo, decir eso no nos convierte en antisemitas, que es un insulto tan trasnochado a estas alturas como neocon o perroflauta.

Y mientras Grass plantea, como siempre ha hecho en sus obras, preguntas incómodas, un artículo del diario berlinés Die Welt, firmado por Henryk M. Broder (cuyos padres sobrevivieron a los campos de exterminio nazis), afirma que Grass siempre ha tenido un problema con los judíos“.

Difama, que algo queda en los tiempos del pensamiento único.