La invisible socavación

Soy un extranjero en la capital de Alemania. No duermo una resaca por los efluvios patrocinados a estas horas del día, como hacen millones de personas del planeta en estos momentos. Mi cuerpo está sentado, observando, en medio de la inmensa llanura que no se detiene ya hasta los Urales. Escribo en una lengua diferente. Observo y tengo viva la capacidad de pensar con completa claridad. Tengo opiniones que navegan entre el francotiro y la incorrección más absoluta. Por ejemplo, hay días que opino que habría que borrar a determinada gente del planeta: banqueros, por ejemplo.

Por todo esto, podría ser un elemento potencialmente peligroso. El Bundeskriminalamt (Oficina de Investigación Criminal Federal) podría estar leyendo estas palabras en el momento en el que las tecleo. Porque desde hoy, y gracias a una nueva ley aprobada por el gobierno de la Gran Coalición (CDU y SPD), esta agencia del Gobierno alemán tiene la facultad de entrar con impunidad en mi ordenador personal con un troyano que envíe toda mi información a los servicios de información del gobierno. Mi nombre real quizá pasara a juntarse en la carpeta donde ya figuran mi cuenta bancaria, mi número fiscal y mis datos biométricos, con un nuevo archivo de peligrosidad en el que se analizara la frecuencia con la que dudo de la honestidad de Wolfgang Schäuble, de la fiabilidad del tan proclamado Estado del Bienestar alemán o del auténtico género de Angela Merkel (por si lo dudan, he hallado tras profundas reflexiones que no puede ser una mujer dado que las mujeres suelen tomar decisiones razonables e inteligentes, y no tienen cara de perro pachón).

El plan ha conseguido aprobarse pese a la resistencia cuidadana y a la férrea oposición inicial de los Länder (estados federales), quienes contaron en el Bundesrat con un voto individual que permitió rechazar la propuesta de ley a principios de diciembre. Naturalmente, al más puro estilo burócrata europeo, se reescribió el procedimiento: si el resultado no favorece a tus intereses, rompe las reglas del juego y vuelve a plantearlo para obtener entonces la respuesta que deseas. Tal y como se ha hecho con el No irlandés al Tratado de Niza, el CDU ha aprovechado el relevo en la cúpula del SPD para obligar a los nuevos dirigentes -que son otra vez los mismos que empezaron la Gran Coalición- a llamar al orden a los Länder para repetir la votación.

Te juro que todo esto es para protegerte

Te juro que todo esto es para protegerte

El resultado: desde hace 19 horas, el Estado alemán puede elevar a un juez la solicitud -meramente formal- de entrar en cualquier ordenador personal de cualquier persona sospechosa de terrorismo.

Ah, el terrorismo, la excusa postmoderna, el gran comodín para todo.

Un subapartado de la ley exonera curiosamente de ser investigados a abogados, diputados y religiosos. Los medios de comunicación resaltan que nada se dice de, por ejemplo, periodistas. Y en los últimos años, empresas tan poderosas como la Deutsche Telekom o Siemens se han visto envueltas en escándalos de espionaje a sus propios empleados y cuadros directivos, como medidas para obtener informaciones comprometedoras en las intestinas luchas de poder que siempre tienen lugar en toda organización con más de 3 trabajadores. Medios como el Süddeutsche Zeitung o Der Spiegel -quienes ya sufrieron el espionaje del Estado a las comunicaciones de una de sus periodistas años atrás- se han enfrascado en una lucha pública para rechazar la ley, o, al menos, conseguir que el denominado Cuarto Poder, los medios de comunicación, no entren en ese saco y sigan pudiendo proteger legalmente sus fuentes de información.

No lo conseguirán, porque esta ley es una herramienta. No una herramienta antiterrorista, como defiende Schäuble desde su silla de ruedas con la pasión de los autoconvencidos -sufrió un atentado en 1990 que le condenó a esa silla, curiosamente no por un islamista, sino por un ciudadano alemán con problemas de esquizofrenia paranoide-; Schäuble defiende esta herramienta porque permite la instalación de un estado de vigilancia que concuerda con sus propias debilidades. Una herramienta de control absoluto.

Y este es sólo el caso alemán.

En realidad estamos regidos por fobias particulares y objetivos industriales que nos limitan día a día la capacidad de movimiento. No vaya a ocurrírsenos cambiar algo, o siquiera intentarlo.

La instalación del miedo, la invisible y progresiva socavación de nuestros derechos individuales es incontestable. Durante este año, en la supuestamente culta, aristocrática y elevada Europa, hemos visto movimientos claros de inoculación del miedo indiscriminado. El proyecto de aplicación de excepciones laborales para elevar la semana de trabajo a 65 horas. El proyecto de introducir escáneres corporales en aeropuertos que literalmente te dejan desnudo ante una pantalla. El proyecto, ahora ley, de virus patrocinados por el Ministerio del Interior. Todos globos sondas, ante los que algunas oposiciones han sido tan sonadas que han sido imposibles de aplicar, al menos por ahora. Como con la ley de espionaje online, sólo hay que saltarse las reglas de juego, cepillarse la separación entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, y volver a plantear la ley en otro ámbito que garantice la aprobación a la búlgara.

2008 ha sido un año nefasto en la libertad de quien está leyendo esto ahora mismo.

2009 tiene pinta de ser un año en el que para un gobierno de la avanzada Europa, alguien que escribe palabras como estas puede ser considerado como sospechoso. Y hace falta valor para conservar la independencia y no sumarnos a la muerte de las ideologías en el magma de la corrección.

Si quieren jugar duro, desde hoy tengo un archivo de Word dentro de la carpeta Próximas Acciones llamado Ataque en Alexanderplatz. Veremos si concluyo el año pudiendo escribir en este blog.

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Freiheit stribt durch Sicherheit

En muchos balcones de Berlín cuelga esta frase. La Libertad Muere Por La Seguridad. La capital contestataria de la primera potencia exportadora mundial, con un 20% de población extranjera, ya mostraba en ventanas y terrazas esta frase mucho antes de que se destapara el último escándalo de espionaje empresarial, patrocinado en esta ocasión por Lidl.

Lidl, el segundo mayor supermercado de descuento en Alemania, espiaba desde 2006 a sus empleados mediante la instalación de microcámaras ocultas y la contratación de detectives, quienes recorrían muchas de las filiales de la empresa en diversos Länder del país. Sus funciones iniciales eran detectar los errores del personal que facilitaban los pequeños hurtos, típicos de todo supermercado (que en Lidl tenían dimensiones colosales: cada año desaparecía un 8% de su mercancía en circunstancias no aclaradas).

Pero es difícil detenerse en un punto concreto si nadie te frena.

Poco a poco, los detectives ampliaron su radio de acción y marcaban, con precisión endiablada, en un informe todo comportamiento “anormal”, lo cual pasaba desde quién no recogía un cartón en un pasillo, quién no reponía mercancía correctamente, hasta errores graves que los dueños de la empresa no podían pasar por alto:

“La señora N. tiene ambos antebrazos con tatuajes, los cuales parecen más bien de origen casero; ello podría ser catalogado como “tatuajes de presidio”, especialmente para los clientes de edad avanzada. Se debe advertir a la señora N. que durante su jornada de trabajo, y especialmente en la caja, debe mantener tapados sus antebrazos.”

“Conversan en polaco entre sí, ¡aunque haya clientes delante!”

Grave. Gravísimo tener tatuajes de apariencia no cara (curiosa paradoja cuando hablamos de una cadena de supermercados que no destaca precisamente por el cuidado de las apariencias de sus productos ni de sus lineales), o que dos trabajadoras del país vecino hablen en un idioma que cualquier cliente no pueda entender.

Lo grave, sin embargo, no es eso.

Lo grave es leer:

“La señora C y la señora S abandonan la filial para dirigirse a un curso de la empresa en Braunschweig. Ambas se manifiestan de forma negativa contra la mencionada formación. No comprenden la finalidad ni el sentido (de dicha formación); ambas esperan que el tiempo transcurra lo más rápido posible, y descartan de antemano una participación activa en la formación.”

“La señorita T habla telefónicamente con su novio sobre una cena conjunta. Pese a saber que el supermercado está lleno de gente y que todavía le quedan tareas por realizar, le promete que saldrá puntualmente, lo cual hace a las 15h.”

Prescindamos de categorizaciones fáciles. Prescindamos de lo aparente. Olvidemos el escaparatismo. Lo sencillo aquí es ver el ataque contra las libertades individuales; pero hay que avanzar más. ¿Es sólo un ataque contra personas concretas, contra su intimidad, contra su profesionalidad, o es realmente un ataque más profundo, más inhumano?

Para el detective y para Lidl, lo grave no es tanto errores en el trabajo del día a día, que todos cometemos y que podemos corregir sin necesidad de que nos espíen. Para la empresa, lo grave es el desapego a la empresa, a la figura patriarcal del jefe de filial y por tanto a la jerarquía de mando. Lo grave es tener un pensamiento disidente cuando se le exige a un empleado que haga horas extra y se niega, atreviéndose a salir a su hora de salida. Lo grave para una empresa es que un empleado tenga una vida privada que antepone a lo demás, entendiéndose lo demás como los encargos que decida un señor con el cociente intelectual de un tejón bizco. Lo grave es la falta de entusiasmo, la falta de corporativismo, como si con la nómina se incluyera la cláusula contractual de amar la empresa sobre todas las cosas. Lo grave es que alguien conserve la cordura y se atreva a decir que una formación que le va a retener fuera de su hogar y de su ciudad en fin de semana, perdiendo tiempo libre, es una idiotez sin sentido.

La anulación del individuo, pues, no es más que una consecuencia, no el leit-motiv. Eso es lo atroz. Porque la empresa da por hecha la entrega sin condiciones, y no sólo la da por hecha, sino que persigue cualquier atisbo de disidencia.

Lo de menos es qué empresa ha hecho esto, en realidad.

Porque en la empresa del siglo XXI, lo importante es exhibir un corporativismo de cartón-piedra si quiere sobrevivir. No importan minucias como el talento, la capacidad de resolver problemas. Sólo hay dos variables: cuántos culos se lamen y si cobras lo suficientemente poco como para no encontrar a alguien que haga tu trabajo por un poco menos de dinero que tú. Naturalmente, todos tenemos que pagar hipotecas, así que tragamos, aguantamos y rezamos para no ser nosotros los siguientes en la lista.

Sólo nos puede salvar que a veces no hay listas, que disimulamos bien, pero esa reducida tropa de encorbatados que viven en las alturas saben que todo es un teatro, que ellos dicen respetarnos y no lo hacen, y que nosotros decimos respetarles y les despreciamos.

Por eso las cámaras. Por eso los ordenadores con internet capado. Por eso los horarios con tarjeta de fichar.

La excusa es la seguridad. Para Lidl, la seguridad de destapar fallos que permiten los hurtos que suceden todos los días. Y para nuestros gobiernos, la seguridad antiterrorista. El ministerio del Interior alemán aprobó hace poco más de un mes el registro online de ordenadores en caso de sospechas terroristas. “No es nada que la población tenga que temer”, llegó a decir Wolfgang Schäuble, ministro del Interior.

Eso quiere decir, si no ocultas nada no tienes nada que temer.

Eso quiere decir, si temes algo, es que ocultas algo, es que no eres uno de los buenos.

Día a día, nuestras libertades individuales son recortadas un milímetro más sin que nosotros hagamos nada por evitarlo. Transigimos silenciosos, esperando que no nos afecte, imaginando que no nos afecta. Ahora que nuestros pasaportes son escaneados y almacenados no sabemos dónde, nos resulta imposible imaginarnos ese pasado anterior a la Primera Guerra Mundial, cuando no existían los pasaportes y la gente (que pudiera pagárselo) simplemente se movía sin tener que mendigar visados, sin sentirse violados en los puestos fronterizos.

Lidl sólo es un diente del engranaje. Un diente que ahora afronta una brutal pérdida de imagen y probablemente demandas de sus trabajadores y compensaciones económicas astronómicas. Nada demasiado importante para Dieter Schwarz, el propietario, el cuarto hombre más rico de Alemania, con una fortuna estimada de 10.000 millones de euros.

Lidl es sólo el supermercado barato que tenía una minired de espionaje de bajo coste. Imaginad qué no hará un gobierno, un ministerio del Interior.

Y Orwell ya está demasiado muerto como para gritar, La libertad muere por la seguridad.