La pipa es el tiesto de las flores de humo

Siempre es difícil escribir de lo que se ama. De lo que supone una pasión íntima o una cuestión personal. Las palabras dejan de ser términos en un diccionario y se hacen escudos, lanzas, banderas. A la hora de usar las palabras, uno hace apología de lo incorrecto; mejor dicho, de lo que se nos ha informado que en la actualidad es políticamente incorrecto. Pero no queda otro remedio que utilizarlas, porque es lo único que nos queda.

Me permitirán un poco de proselitismo.

Hace tres años, quien escribe estas líneas eligió un camino: fumar en pipa. Una elección que suscita una curiosa mezcla entre la extrañeza, un presunto esnobismo y la aparición de turbios recuerdos de parientes ya fallecidos que también echaban tabaco en un trozo de madera. Lo elegí por la misma razón por la que hace muchos años manifesté mi preferencia por la pluma ante el bolígrafo, las cartas escritas a mano en vez de correos electrónicos y la copa tranquila en un sofá en vez del botellón: por el ritual, la ceremonia, la paciencia infinita que corona cada pequeño acto si se quiere hacer con una mínima perfección alcanzable.

Y este fin de semana decidí compartir mi ceremonia con decenas de personas más. Y juntarnos con la excusa perfecta: un Campeonato de España de Fumada Lenta en Pipa, organizado en esta ocasión por el Club de Amigos de la Pipa de Madrid.

Sí, algo así existe desde hace 20 años. Sí, suena friki. Cada uno acarrea con lo suyo, tal vez yo también sea un poco friki a mi manera.

Este sábado se celebró el XX Campeonato de España de Fumada Lenta en pipa. El mecanismo es sencillo: uno se inscribe, y por el precio de la inscripción se recibe una pipa, 3 gramos de tabaco y un atacador de madera. La misma pipa para todo el mundo, sobres milimétricamente pesados, para que nadie reciba más tabaco que otro.

“En realidad, lo de menos es la fumada”, afirma Carles Royo, vicepresidente del Lleida Pipa Club y artesano pipero. “Lo importante de todo esto es el antes y el después. En el antes hablas con la gente y conoces nuevos compañeros, y después ya empieza el cachondeo”, sostiene con una sonrisa. Internet ha sido una baza básica para desarrollar esta ‘comunidad pipera’. Proliferan listas de correo, pipaclubs con sección virtual como el PipAlba, foros de internet… Son formas de socializar actos de placer individuales. Y por lo que se veía en los salones donde se celebró la comida y la fumada, la socialización fue exponencial. Qué pipa te has comprado. ¿Has visto las Les Wood? Segimón ha traído unas pipas preciosas. Momentos de patio de colegio, con los niños sonriendo ante los stands de las primerísimas marcas que allí había y enseñándose mutuamente las maravillas que acababan de aterrizar en sus bolsillos. Incluso cabía la posibilidad de comprar armarios para pipas realizados por un artesano segoviano, Carlos Canle.

Lo mejor, lo que no estaba en el programa oficial. Gente regalándose latas de tabaco porque sí. Las conversaciones en las mesas, rodeados de una botella de Cardenal Mendoza. Las sorpresas de quienes ya se conocen. Gente que está incluso a punto de derramar una lágrima cuando un artesano —y amigo— le trae una pipa creada especialmente para él, como fue el caso del director teatral Eduardo Valiente, que recibió la pipa Talía y Melpómene en honor a las musas del teatro.

Pequeñas historias donde no caben muertes con forma de cilindro, también llamadas cigarrillos. Aquí se establecen otros términos. Aquí se degusta el tabaco como se catan los vinos: se habla de matices a heno, a toques florales. Es una forma de ver la vida, pese a que la frase sea ya una categoría especial dentro de los tópicos. Un lugar en el que no caben las prisas sólo puede organizar como actividad un concurso en el que se elogia la lentitud. Es un mundo diferente que devuelve mucho más de lo que tú puedas darle. Proporciona una calma interior que une a la gente. La Ley Antitabaco molesta sólo de lado, porque un fumador de pipa no es carne de portal y chute rápido de cinco minutos en la calle antes de volver a subir a la oficina; puede, y prefiere esperar a tener el tiempo necesario de disfrutar de su adicción. Un cigarrillo es para un fumador de pipa lo que un calimotxo a un Somelier: algo tan alejado, que sólo el nombre de lo común se comparte.

Fuimos legión y somos sólo sombra en estos tiempos. Pero estas sombras siguen sonriendo.

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Cesión de espacio

Hoy Thomas Bernhard cede su espacio a la mejor retrospectiva de la crisis, escrita brillantemente por Joaquín Estefanía en El País. De lectura imprescindible.

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EL MUNDO DESPUES DEL CRASH

Hay en economía un concepto más enérgico que el de recesión para explicar lo que está sucediendo: depresión. La depresión es más grave y duradera que la recesión, y se manifiesta en el frenazo en seco de la actividad, la debilidad de la demanda, la contracción del comercio internacional, el incremento del paro, la caída del poder adquisitivo, etcétera, todos ellos procesos muy dolorosos y contrarios al progreso. Pues bien, el profesor de Economía de la Universidad de Nueva York Nouriel Roubini, el gurú que se ha hecho famoso por haber anticipado la crisis financiera que se inició con el estallido de las hipotecas tóxicas, ya ha utilizado el concepto de depresión como síntoma de lo que ocurre en la economía a escala planetaria. Hace unos días escribía Roubini: “No podemos descartar un fracaso sistémico y una depresión global. (…) Se corre el riesgo de un desplome del mercado, una debacle financiera y una depresión mundial”. El economista plantea que más que una coyuntura en forma de V (caída y pronta recuperación) estamos en otra en forma de U (caída en la que la economía se mantiene un tiempo, para luego ascender), o quizá en forma de L (caída y letargo a largo plazo).

Un arranque ciertamente tenebroso sobre la coyuntura quizá pueda compensar el optimismo del titular de este que parece llevar implícito -y no es así, como se ha visto la semana pasada- la superación del desplome bursátil que, en otras ocasiones históricas, ha sido la antesala de una recesión o de una depresión. Crash y depresión se retroalimentan. Hay muchas similitudes -y bastantes diferencias- con la Gran Depresión de 1929. Es urgente desempolvar los viejos manuales de entonces y establecer las comparaciones. “Pensar el presente desde un punto de vista histórico” (Walter Benjamin).

En diciembre de 2006 caía el Ownit Mortgate Solutions, un pequeño banco hipotecario de California especializado en productos de alto riesgo. Es el antecedente más cercano del estallido de la burbuja inmobiliaria y de las hipotecas subprime, que devendría en la norma a partir de julio de 2007. Desde entonces hay muchas víctimas sin enterrar. Entre ellas, la economía real en forma de estrangulamiento del crédito (que es su sistema sanguíneo), desaparición de los bancos de inversión y nacionalización de otras entidades que formaban parte de la aristocracia financiera internacional, desprestigio de los organismos reguladores nacionales y de las agencias de calificación de riesgos, profundísima descapitalización bursátil de muchas empresas financieras y no financieras, parón de la actividad económica y de la inversión, contracción de la demanda, suspensiones de pagos, desempleo, etcétera. Y sobre todo, un escalofrío en muchos ciudadanos en forma de inseguridad: no sólo miedo al terrorismo y a otras formas de inquietud ciudadana, sino a la inseguridad económica y el temor al otro, al diferente, al que compite con el puesto de trabajo y carga de obligaciones al Estado de bienestar.

Otra víctima de la crisis es una forma de entender el mundo, un modo de pensar que se identifica ampliamente con la ideología neoliberal. La máxima acuñada por la revolución conservadora de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, que ha durado un cuarto de siglo, de que el Estado es el problema y no la solución, ha saltado hecha trizas en cuanto se han acumulado las dificultades. La “destrucción creativa” de Schumpeter sólo se hizo realidad cuando las autoridades americanas dejaron hundirse al que era cuarto banco de negocios estadounidense, Lehman Brothers (y casi todos los analistas califican esta inacción como un grave error y el principio del pánico); las demás instituciones financieras con problemas han sobrevivido con una u otra fórmula de intervención pública, con paquetes de rescates a babor o a estribor, en forma de avales públicos, compras de activos o directamente de acciones. Lo explica resignado un economista español: “Hemos generado mucho riesgo moral para evitar el riesgo sistémico”. Ahora, la retórica del libre mercado se utiliza con más soltura, más selectivamente: se asume cuando sirve a intereses especiales y se descarta cuando no es así. Sin complejos, el presidente de la patronal española llegó a exigir “un paréntesis” a la economía de mercado.

Hace escasamente año y medio, todavía la economía mundial continuaba en la senda de crecimiento más larga y profunda de la historia contemporánea. La teoría de los ciclos económicos parecía extinguida y el planeta se instalaba en el denominado ciclo Kondratief, una onda larga de prosperidad debida -se decía- a la confluencia de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) con la flexibilidad empresarial y la innovación financiera. Los mantras más citados eran los de la desregulación y la autorregulación. Hasta tal punto que cuando se encienden las primeras luces rojas de las dificultades hay una generación de jóvenes ejecutivos, los que mandan en muchas empresas y en bastantes Gobiernos, que no tienen puntos de referencia para saber lo que es una crisis y qué tratamiento preventivo darle.

Es muy interesante seguir las mutaciones que ha sufrido la naturaleza de esta crisis en apenas 18 meses: primero se identificó con el estallido de la burbuja inmobiliaria y el abuso en la concesión de hipotecas de alto riesgo; a ello se le añadió un tsunami protagonizado por las materias primas alimentarias y los elevadísimos precios de la energía, de modo que entonces se habló de “tormenta perfecta” y se hizo una equivalencia con los primeros años setenta del anterior siglo, al aparecer la estanflación (alta inflación y crecimiento cero). Cuando se hicieron sentir los primeros efectos de la sequía crediticia en forma de reducción del crecimiento económico bajaron los precios de las materias primas; como consecuencia de ello, la inflación dejó de estar en primer plano, pero a las víctimas de la coyuntura se añadieron los países emergentes, principales productores de materias primas, y de los que se había dicho que en esta ocasión estarían exentos del efecto contagio. Conforme pasaban las semanas y dejaba de funcionar el mercado interbancario debido a la desconfianza que las entidades se tenían entre sí (¿cuál de ellas tenía en su interior la metástasis de los productos estructurados y colaterales sin valor alguno en el mercado?), la crisis hipotecaria devino en crisis financiera y los Gobiernos salieron al rescate en el entendido de que la desconfianza de los ciudadanos en las entidades de crédito es la antesala de una catástrofe en la economía real. Hubo un momento en que en algunas plazas y sucursales bancarias los clientes, después de hacer colas para sacar sus ahorros, intentaban transmutar sus depósitos en lingotes de oro, en la creencia de que este metal precioso era la inversión más segura.

Sólo cuando los ciudadanos, airados, comenzaron a preguntarse en alto por qué habían de rescatar a quienes habían sido víctimas de su codicia, es cuando se sofisticó un poco el discurso: la mayor inyección de dinero público utilizada en la historia para salvar a los bancos en dificultades era tan sólo una etapa intermedia para salvar a la economía real. Lo que es bueno para Wall Street es también bueno para la calle. Proteger a Wall Street es proteger a Main Street. Así lo ve el grupo de banqueros con chistera y puro que aparecen en la tira satírica del New Yorker. Uno de ellos grita indignado: “¡Maldita sea, para nosotros Wall Street es Main Street”.

Las ayudas oficiales a la banca (“Aportaremos todo lo que sea necesario”, ha declarado Berlusconi, el más desvergonzado de los políticos actuales) han servido hasta ahora para detener el pánico de los clientes y para que emerja un hilillo de liquidez en los mercados, que se ha concretado en una pequeña baja de los tipos de interés (Euríbor y Líbor). Pero sigue sin saberse si tanto dinero aportado por el Estado se trasladará del sistema financiero al conjunto de las empresas con inmediatez, para que la situación tienda a normalizarse, y a qué precio. Esto era así hasta anteayer. Pero resuelta al menos en parte la dificultad financiera más urgente, los mercados bursátiles han reaccionado extraordinariamente a la baja cuando en el frontispicio ha aparecido el problema de fondo: el colapso de la economía real. La mayor parte de los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) -los 30 países más ricos del mundo- han entrado en recesión o están a punto de hacerlo (dos trimestres seguidos de reducción de sus productos brutos), y sin visos de salida. Además, el contagio afecta a muchos países emergentes, que han tenido que gastar las reservas de divisas en defensa de sus monedas, mientras aumenta su riesgo país y ven bajar los precios de sus exportaciones. Se ha llegado a la madre de todas las crisis. Cada uno de los pronósticos que han ido elaborando las organizaciones multilaterales (OCDE, Fondo Monetario Internacional, etcétera) se han tirado a la papelera en el mismo momento en que se hacían públicas. La velocidad de la metástasis es tal que todas las explicaciones de la coyuntura se han quedado antiguas en tiempo real. Aun hace dos fines de semana, en su asamblea semestral, el FMI preveía un ligero crecimiento en 2009 para el conjunto de las economías avanzadas y del orden del 6% en las emergentes. Sin embargo, el pasado miércoles, el Foro Económico Mundial sentenciaba: “La crisis financiera afecta ya a la economía real en un nivel alto y el riesgo de una profunda y prolongada recesión crece”.

Con esta crisis multiforme y poliédrica ha desaparecido también una forma de hacer la política económica, que ha sido dominante en el último cuarto de siglo. Aquella que había formalizado el dogma de que los mercados son los que mejor saben qué hacer. Del mismo modo que hay ciclos en la coyuntura también hay ciclos ideológicos que conceden el énfasis a las distintas herramientas económicas. Y ha comenzado otro. En el año 1936, el que probablemente ha sido el economista más influyente del siglo XX (y lo vuelve a ser ahora), John Maynard Keynes, escribió en su obra magna Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero: “Las ideas justas o falsas de los filósofos de la economía y de la política tienen más importancia de lo que en general se piensa. A decir verdad, ellas dirigen casi exclusivamente el mundo. Los hombres de acción que se creen plenamente eximidos de las influencias doctrinales son normalmente esclavos de algún economista del pasado”. Las ideas keynesianas, tan menospreciadas en el último cuarto de siglo, están siendo aplicadas ahora por quienes tratan de sacar a la economía de la camisa de fuerza de la revolución conservadora y de la desregulación permanente. No por casualidad, sino como un signo de los tiempos, la Academia Sueca ha concedido hace unos días el Nobel de Economía a quien es uno de los neokeynesianos más insignes: Paul Krugman.

El New Deal del presidente Franklin Delano Roosevelt, respuesta a la Gran Depresión de 1929, inauguró un ciclo progresista de intervención en la económía que duró casi medio siglo y que ha sido denominado la edad dorada del capitalismo: el mundo creció mucho y los países más avanzados construyeron su Estado de bienestar. El 31 de diciembre de 1933, 10 meses después del inicio del New Deal, Keynes escribe una carta abierta al presidente en The New York Times, en la que le aconseja actuaciones adicionales, entre las que sobresale “una atención predominante en el más alto grado al incremento de la capacidad de compra resultante de los gastos públicos, financiados mediante créditos”.

A finales de los años setenta y principios de los ochenta se inició la revolución conservadora, que tuvo sus principales ideólogos en Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y su continuidad en los neocons que han gobernado en la Casa Blanca y en la Reserva Federal. Francis Fukuyama, el constructor del concepto del fin de la historia, ha matizado aquella forma de entender el mundo y recientemente ha hecho un balance de ese tiempo: la revolución conservadora perdió su rumbo porque se convirtió en una ideología irrebatible, y no en una respuesta pragmática a los excesos del Estado de bienestar. En ella había dos conceptos sacrosantos: que las reducciones de impuestos se autofinanciarían y que los mercados financieros podrían autorregularse. Pues bien, el balance es clarificador: Reagan y Bush dejan a EE UU con gigantescos déficit, la economía creció tanto con Clinton como con Reagan y con superávit público, y de las secuelas de la autorregulación del mercado financiero tenemos suficientes ejemplos catastróficos en los últimos meses.

La crisis traza una frontera, la del final (por ahora) de otra edad dorada: el crédito fácil, la liquidez extrema, los riesgos fuera del balance, los sueldos astronómicos de los grandes ejecutivos ligados a la creación de valor a corto plazo y no a la calidad de lo que se fabrica o con lo que se trabaja, los cambios legales para facilitar la especulación sin límites y las zonas de sombra (el capitalismo gris), una psicología mediante la cual los ahorradores se convirtieron en inversores y los inversores en activos apalancados, la autorregulación como pretexto para administrar sin límites, etcétera.

Cada ciclo ideológico en economía está provocado por una crisis. El New Deal llegó por la Gran Depresión; la revolución conservadora, como reacción a la estanflación; y el paradigma que parece instalarse a principios del siglo XXI, por la crisis iniciada con las hipotecas subprime llevada al paroxismo. Las matrices que lo componen son las de la intervención del Estado siempre que sea necesaria, la regulación financiera, quien contamina paga (en relación a los activos tóxicos) y la necesidad de dotar de gobernanza a la globalización realmente existente. Por ello se ha dado tanta significación a la construcción de un nuevo Bretton Woods, en analogía con la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas, celebrada en New Hampshire del 1 al 22 de julio de 1944, al final de la II Guerra Mundial, y que ha constituido hasta ahora el intento más ambicioso por configurar un nuevo orden económico internacional. Entonces participaron 44 países. Hoy se trata, como se declara con ampulosidad, de “refundar el capitalismo”: cambiar todo para que nada cambie.

Se trata de evitar otra Gran Depresión e ir, por el contrario, a una Gran Transformación, como tituló su libro de referencia Karl Polanyi en 1943. En él demostraba, acudiendo a la historia y a los datos empíricos, que no existe nada parecido a una mano invisible que ordene a los mercados; éstos se regulan por la acción del Estado. Hay que actualizar la Gran Transformación a la era de la globalización en la que los Estados tan sólo son entes intermedios.

-Joaquín Estefanía, 26 octubre 2008

Cuando el voto se convierte en grito

Si esto fuera una columna barata, lanzaríamos epítetos hechos frase como

Algo Sucede En Centroeuropa

o quizá lo adornáramos con un titular del estilo

Crisis de los partidos tradicionales

En realidad es una mera cuestión de estilo. O de su carencia, en los casos anteriormente expuestos.

Las secciones de Internacional de ayer y hoy en la prensa hablan de dos hechos independientes, aislados y que tienen en común sólo dos detalles: uno, domingo de elecciones, y dos, sucedían en dos países centroeuropeos, Alemania (autonómicas, podríamos decir) y Austria (generales). Ambas noticias han aparecido en los medios sin interconexión mutua, aisladas, retratadas tan antagónicamente como la quinta derrota de la temporada del recién ascendido Sporting de Gijón y la nacionalización de Fortis.

Por un lado, el titular más mediático es el austriaco, puesto que hasta los seres unicelulares son capaces de ver la verdadera dimensión de los resultados electorales. Los dos grandes partidos llevaban tres años fagocitándose el poder en los palacios gubernamentales de la Ringstrasse, en las técnicas gitanescas de socavación inherentes a dos enemigos forzados a convivir en armonía, sacándose los intestinos como dos pitbulls en un cuarto oscuro, pero sonriendo y con corbata, como corresponde a todo un ser humano. La coprofagia institucional derivó en la incapacidad inicial para solventar los grandes temas de Estado primero, y las medidas concretas después.

Adorador de las esencias patrias

Adorador de las esencias patrias

El resultado, el de este domingo: hundimiento de ambos adoradores del terciopelo institucional, y los dos partidos de ultraderecha vuelven a acaparar líneas y titulares tras el imparable y paradigmático ascenso de 2000 de Jörg Haider. Las sanciones de la UE y aquel aislamiento no han servido de nada, porque la memoria del pueblo es frágil como las lágrimas de un futbolista de élite, y porque ninguno de los grandes partidos ha sido capaz de revocar esa patética sensación de fragilidad e inoperancia que echó gasolina sobre las brasas del descontento.

Justo al otro lado, en el estado federado limítrofe con Austria, Baviera celebraba elecciones.

[Como bien demuestra la historia, ambas regiones están unidas por lazos que van más allá de las fronteras: Hitler era un austriaco de frontera, que desde Berteschgaden observaba el horizonte que estaba dispuesto a unir a la fuerza, porque en su opinión los valores bávaros (y por ende alemanes) eran el espíritu real de Alemania, por delante de los estirados prusianos del Norte. Pero esa es otra historia.]

Beckstein, presidente de Baviera, jugando a la bavaridad

Beckstein, presidente de Baviera, jugando a la bavaridad

En Baviera, casi desde el fin de la segunda Guerra Mundial, gobierna el partido-institución CSU (Unión Social Cristiana), fundado por Strauß, gobierna Baviera desde finales de los cincuenta, y desde 1966 encadenando mayoría absoluta tras mayoría absoluta. Sin ir más lejos, en 2003 Stoiber sacó un 60,3% de votos, envidiable porcentaje hasta para presidentes autonómicos con discursos apocalípticos del agua y congresos búlgaros. Medio siglo de gobierno que este domingo ha recibido una bofetada: caída de 17 puntos hasta quedarse en sólo un 43% de los votos. Un partido acostumbrado al rodillo durante décadas que ahora tiene que hacer algo que no sabe hacer: negociar y escuchar. “El CSU no ha perdido las elecciones: es que ahora Baviera quiere que compartamos el poder”, ha afirmado revestido de inoperancia e incapacidad política Huber, presidente del partido, en unas declaraciones que demuestran por qué el CSU ha caído de esa manera: de ser un concepto casi transideológico -es difícil discrepar ideológicamente en un estado profundamente católico, cerrado y donde se prima la riqueza material del ciudadano- común a todos los bávaros, a ser el ejemplo del amodorramiento unitario del estado más rico dentro de Alemania.

Los dos resultados electorales de ambos estados ofrecen lecturas absolutamente simétricas: partidos grandes automasturbatorios que caen y ceden el campo a partidos minoritarios. ¿Erosión en el poder? En parte. Pero no pueden explicarse sin un nuevo concepto: el voto como protesta. El voto como grito. El voto como escupitajo.

Estamos arrancando, desde Centroeuropa, un movimiento de incalculables efectos.

El voto como acción anarquista.

Reconozcamos ciertos hechos: el voto del miedo ya no existe. Desde los albores de la democracia se utiliza el miedo como arma, que vienen los fachas, que vienen los comunistas, que vienen los integristas, que vienen los musulmanes, que vienen los negros, que vienen los abortistas. Es decir: desde los partidos y los gobiernos se ha supeditado el ejercicio de elección democrática a una acción de defensa o de ataque, olvidando cualidades programáticas o la simple posibilidad de la opinión relativa: esa que dice que ninguno de nosotros somos algo perteneciente a una ideología, sino personas variables y fragmentarias con ideas dispares difíciles de catalogar en un nicho de mercado o ideológico. Desde el discurso del miedo se genera la acción por reacción: una reacción controlada y acorde a los mecanismos de poder que se alternan los grandes partidos sin grandes estridencias salvo las formales. Las necesarias para mantener el circo, la ideología del miedo. Durante mucho tiempo ha dado resultado. Los antagonismos izquierda-derecha y sus múltiples azuzamientos panicales han llevado a los grandes partidos a borrar lentamente los claros y gruesos límites que les separan dialécticamente para subvertirse a una nueva ideología: el reparto del poder, la colocación de asesores afines a los que se les debe favores, la tecnocracia en vez de la democracia.

Sin embargo, como el bipartidismo del siglo XIX, ese horizonte tiene un punto final. El que acaba de nacer en Centroeuropa: el voto como alarido. La protesta clara, el mensaje directo: un gigantesco No. La renovación directa de unos cuadros políticos anquilosados, corruptos, podridos y estancados en el lodazal que sus propias defecciones han creado.

El hecho es claro y existe de manera indiscutible. En los resultados bávaros han aparecido por primera vez los Freie Wähler (Electores Libres) con un 10%, un ascenso notable de los Verdes (9%) y del FDP (8%), y casi el nuevo partido de la izquierda, Die Linke, entra en el parlamento con un 4’8%, milagroso porcentaje en un estado nacionalcatólico cuya ortodoxia pura es el BMW y la nómina. Asimismo, en el otro lado de la balanza, tenemos ese salvaje 30% acumulado entre los dos partidos de extrema derecha austriacos, FPÖ y el nuevo BZÖ, creado por Haider a su imagen y semejanza tras su salida accidentada del FPÖ. Y en las elecciones comunales de muchos estados alemanes encuadrados en la antigua parte comunista, el ascenso de las extremas -extrema izquierda y la extrema derecha, el NPD, con representación histórica en varios parlamentos regionales-.

Sin embargo, lo que sí es discutible es si los electores serán capaces de discernir entre la destrucción renovadora y la destrucción involutiva. El voto como rebelión, como protesta, existe. Ya ha sido creado y canalizado, y su onda expansiva alcanzará al resto de Europa probablemente en los próximos cinco años.

La pregunta es, ¿tendrá la sociedad, desencantada de inoperancia y de palabrería hueca, la capacidad de separar un voto de protesta de un voto que alimenta a un lobo que nos coma a todos por los pies?

La última vez que la sociedad centroeuropea respondió a esta pregunta, fue en 1933.

Quizá ahora sea cuestión de que grite todo el electorado del resto de Europa, para dirigir este descontento en la dirección correcta. La sociedad civil camina entre el descontento y el temor, el asco y la esperanza. Quiere ser europeo, pero seguimos temiendo a los inmigrantes y sacamos al ejército para expulsarlos. Queremos quemar sucursales bancarias, pero nadie se queja cuando suben las comisiones de los cajeros. El paradigma europeo, el relativismo de saber que todo nuestro malestar no es más que un grano ínfimo en el universo, genera la terrible posibilidad de mejorarlo drásticamente o volarlo por los aires. De todos nosotros depende que eliminemos una política nauseabunda, que prioriza donar dinero a los bancos que acabar con el hambre, pero también del compromiso de todos depende no dejar que esa arcada política no sea eliminada con el acero de los cuchillos y el fuego de las esencias inexistentes de las razas.

Déjenme una sonrisa al x%

Permítanme que, por un día, hable un poco de mí y no de mi opinión sobre algo que se mueve u ocupa columnas en periódicos y demás adminículos para envolver el pescado.

O, mejor dicho, permítanme que otra persona hable un poco de mí.

Thomas Bernhard recibe su primera entrevista. Pueden leerla aquí, si lo desean.

Les advierto que si no lo desean, me obligarán a escribir sobre fútbol. Espero que sea una amenaza suficientemente ejemplarizante.

La pérdida de la inocencia urbanística

–La destrucción de una zona histórica enciende los ánimos en Berlín–

– Nada de todo esto… esto, no, no me pertenece,

masculla el hombre que está sentado en el vagón de la línea de metro U1, la que cruza el puente del Oberbaumbrücke y une las estaciones de Warschauer Strasse, Este, con Schlesische Strasse, Oeste. Este hombre, edad indeterminada entre 55 y 65 años, mira por la ventana derecha del vagón mientras el convoy sale de la estación de Warschauer Strasse y observa la margen antigua del Este. No hay mayor lección de historia que subirse en este tren, mirar el resto del muro y los terrenos baldíos que se asomaban como una cicatriz imborrable. El puente data de finales del siglo XIX y se atraviesa a menos de 30 km/h. Hay tiempo suficiente para masticar el horror. El antiguo y el nuevo. Es el nuevo horror el que no le pertenece.

Durante dieciocho años, el espacio que llevaba a lo que ahora se llama East Side Gallery (un trozo del muro en el distrito de Friedrichshain que se ha hecho famoso por las míticas pintadas que tiene) era un páramo. Un lugar que antes era una franja de seguridad patrullada por militares con subfusiles y perros, y que tras la caída permaneció vacío, o bien dio pie a que se crearan iniciativas de ocio típicamente berlinesas: improvisadas y creativas a partes iguales. En aquella zona surgió el 25, un after a orillas del río Spree que ya es un clásico de los fines de semana berlineses: un clásico creado con maderos viejos, arena artificial y la intención de ofrecer un hogar a los technófilos insomnes. Un clásico que, como la franja del río en la que reside, tiene los días contados.

El hombre murmura algo del Mediaspree, el alcalde Wowereit y la palabra Scheiße (mierda).

Mediaspree es el consorcio creado por empresarios de la construcción, propietarios de terrenos y naves abandonadas, y especuladores dispuestos a sacar tajada de millones de metros cuadrados todavía por explotar y que, hablando geográficamente, se encuentran en pleno centro de Berlín. La ciudad de Berlín, que es en sí misma una de las tres ciudades-estado de Alemania -junto a Hamburgo y Bremen-, arrastra desde los tiempos de la reunificación una deuda histórica con el gobierno central, tiene una tasa media sostenida del 18% de paro y Wowereit, el alcalde, necesita atraer inversores al precio que sea. El plan de Mediaspree es levantar oficinas y viviendas de lujo tras conseguir la aprobación para construir el o2 Arena, un pabellón multiusos con capacidad para 17.000 personas y que ha costado 165 millones de euros a la empresa de telefonía móvil que le da nombre. El edificio, como todo edificio creado sin necesidad, abusa del neón y el cristal, y rompe la perspectiva de unos terrenos que mucha gente considera un trozo de la historia que debería permanecer intocado.

Como el hombre que mira horrorizado desde el tren que avanza lentamente por el Oberbaumbrücke. Ya no musita más cosas en esta gris mañana de preotoño en Berlín: sólo mira, incrédulo, el mastodonte, observa las pantallas gigantes que funcionan día y noche y contaminan lumínicamente los alrededores de una forma insoportable, y se pregunta cómo se ha podido llegar a esto.

Claro que este hombre también recuerda haber visto a miles de personas manifestándose en los últimos dos años bajo el nombre de “MediaSpree versenken” (“Hundamos MediaSpree”), mucha gente joven negándose a la llegada del capitalismo extremo a una ciudad que durante casi dos décadas ha vivido en un limbo que no se correspondía con la realidad teórica de ser una gran capital europea. Berlín ha sido desde 1990 un epicentro de arte e independencia de tal calibre que los propios alemanes dicen que Berlín no está en Alemania, que se trata de una isla con la que no tienen nada que ver y donde la gente no vive para trabajar, sino que trabaja para vivir. Esa filosofía de tomarse las cosas tan típicamente berlinesa se está extinguiendo poco a poco mediante la mercantilización inmobiliaria salvaje y la convergencia con el estándar del resto de Alemania y el resto de Europa, lo que se concreta en la desaparición paulatina de los símbolos. El 25 es un símbolo, como lo es la Kunsthaus Tacheles, y ambas están tocadas de muerte por conglomerados como el MediaSpree.

Los chicos protestan, la gente protesta, pero ya no se puede hacer nada. Todo esto está ya decidido sin nosotros, piensa el hombre del tren mientras tocamos la orilla Oeste.

Y uno de los palacios de deportes más modernos del mundo ya está inaugurado en unos terrenos históricos. Wowereit habló del “orgullo” de la ciudad por haber dado un primer paso histórico en rehabilitar una zona “abandonada”. En los exteriores, por supuesto sin invitación, mil personas protestaban contra este proyecto que destroza un poco más la leyenda de libertad berlinesa.

Lógicamente, los antidisturbios les invitaron a irse con su sutileza habitual. Todo esto lo vio el hombre del vagón de metro a lo lejos, desde el puente. Probablemente giró el rostro hacia la izquierda para observar el antiguo puerto fluvial del Este, donde todavía los contenedores no han sido sustituidos por oficinas y lofts de lujo. Ver represión en un lugar como ese quizá le traía más de un recuerdo.

Las cosas cambian, pero no tanto, podría haber pensado.

Naturalmente, nada de todo eso existía al día siguiente, el 11 de septiembre. Los periódicos hablaban del aniversario de la masacre americana y del fastuoso estreno del pabellón con fuegos artificiales, que tendría como inauguración de lujo el concierto de Metallica, para el cual la totalidad del aforo está cubierto desde hace más de un mes. Estreno de lujo, El o2 estrena la revitalización de la zona deprimida de Friedrichshain, etecé etecé.

Todo son palabras para definir este proyecto que reconfigurará para siempre el perfil de Berlín. Turistas alemanes y extranjeros vendrán a hacerse fotos y a disfrutar de sus estrellas musicales o deportivas desde sus gradas, y cuando salgan verán, como un incidente, a lo lejos, un trozo de muro que cada día es más souvenir. El hombre del vagón sólo observa el monstruo y se rasca su barba de dos días, y murmura cosas en un alemán incomprensible. Mientras me bajo en Schlesische Strasse pienso, quizá lleva meses temiendo que cuando él se baje del vagón su casa ya no exista. Quizá por eso viaja yendo y viniendo por la U1 y trata de no bajarse nunca. Por el pánico berlinés a esta modernidad.

La muerte de la Política

Don´t choose the clown!“, vociferaban los medios de comunicación en Abril de este año, pocos días antes de las elecciones a la alcaldía de Londres. Naturalmente, se referían a Boris Johnson, el candidato del Partido Conservador británico: un periodista verborreico con una especial habilidad para decir lo más improcedente en el peor lugar posible, educado en los colegios más exclusivos del Reino Unido y perteneciente a los clanes pseudoaristocráticos de poder. Desde que se oficializó la candidatura, miles de voces clamaron contra la mera posibilidad de que un bufón recogiera el testigo de ser el alcalde de Londres durante las Olimpiadas. Muchas de ellas anónimas, gente como tú y como yo, pero muchas de ellas de prominentes artistas, escritores, fotógrafos, politólogos, que advertían de la catástrofe que supondría poner la capital en manos de un hombre capaz de enunciar análisis sociológicos tan profundos como

Si el matrimonio gay fuera correcto -y tengo mis dudas sobre esa cuestión-, no vería ninguna razón por la cual no debería consagrarse la unión entre tres hombres en vez de entre dos, o entre tres hombres y un perro.

Lógicamente, Boris fue elegido alcalde de Londres.

No por una gestión irregular de su antecesor Ken Livingstone, no porque fuera el candidato del otro gran partido, o incluso, no porque el millón largo de votantes que le eligieron como primera opción estuviera de acuerdo con frases tan exquisitas como la anterior.

Si le eligieron, fue porque la política, tal como la entendemos, ha sido exterminada. Uno acude a la Wikipedia y ve que la política es el proceso y actividad orientada, ideológicamente, a la toma de decisiones de un grupo para la consecución de unos objetivos.

Luego uno abre el periódico y ve que la política son alcaldes de cualquier signo detenidos por corrupción. Ve familiares de diputados que adquieren terrenos rústicos por los que casualmente un año después pasará una autovía o la nueva línea del AVE, y claro, han de ser expropiados a un precio diez veces mayor al que pagaron. Ve la inquina, la inmensa podredumbre del ser humano por la cual se tiran millones de litros de leche a la alcantarilla porque de lo contrario reventarían los precios, dicen unos señores en Bruselas. Los mismos que declaran que se puede encarcelar sin cargos durante 18 meses a un inmigrante por el mero hecho de serlo.

Toda política convencional está ya supeditada a los intereses económicos. Ahora tomamos más conciencia de ello, quizá porque vivimos en tiempos de cíclica crisis.

[Crisis que son inventadas por el sistema financiero, como lo fueron las de 1907 -J.P. Morgan empezó a difundir rumores de quiebra para asegurar la creación de la reserva federal que él controlaría-, 1920 -donde la reserva federal empezó a reclamar el pago de los préstamos que desde 1919 había duplicado unilateralmente para introducir más dinero en el mercado y preparar la caída del año siguiente- o la de 1929 -donde crearon años antes los Margin Loans para poder exigir su pago en bloque en Octubre, lo que provocó el crack y la ya famosa depresión-. Como aquella, también esta crisis de las subprime está planificada desde tiempo atrás y será la Historia quien juzgue este nuevo robo global, no yo.]

Ahora, decía, tomamos conciencia de la preponderancia de la economía porque vivimos bajo el paraguas de su crisis-excusa. ¿Qué responde el campo político a esto? ¿Cómo trata de paliar sus efectos? ¿Qué medidas toma para ser realmente quienes lleven el peso ejecutivo de la gestión política, de la administración de las ciudades, de las naciones, de los conglomerados transfronterizos?

Nada. Silencio. Una bala de paja cruzando un parlamento.

Por tanto, ¿qué sentido tiene votar a un político preparado para un cargo?

Sólo a través de la muerte de la política convencional se puede entender que una persona que promete cambio (Barack Obama) elija como vicepresidente a un senador de 65 años que nunca ha hecho nada, o que una persona que promete inmovilismo (John McCain) elija como vicepresidenta a una gobernadora de 44 años sin ninguna experiencia.

Sólo a través de la muerte de la política convencional se entiende una Gran Coalición como la que lleva 3 años funcionando en Alemania (¿alguien puede imaginar un gobierno de concentración nacional PP-PSOE?), en la que se masacran los pilares básicos de cualquiera de los dos partidos, eligiendo una tercera vía en la que se aniquila la ideología y se prioriza el beneficio operativo de las corporaciones.

Los ciudadanos ya han comprendido que la política está muerta. Que votar a las grandes opciones no tiene ningún sentido, porque son igual de pasivas ante los poderes fácticos y jamás van a crear medidas que solucionen el día a día de la gente, como bien se demostró en el bipartidismo del siglo XIX. Por lo tanto, el primer movimiento de protesta es la elección de cenutrios por vocación como Boris Johnson (o en ejemplo español Jesús Gil); gente que es estúpida, pero habla claro, o que incluso es divertida a ratos por sus ocurrencias entre el gris panorama de la corrección política de trajes grises y feministas conservadoras.

Cuando la gracia se acabe, la muerte de la política se encaminará a su último estadio: la elección de partidos de extrema derecha como única opción fuera del abanico que hemos detestado ya de tanto ver.

El ser humano es el único animal que no aprende de los años 30.

La Destrucción Europea

Semana laboral de 65 horas aprobada.

Normativa de retención de sospechosos de terrorismo de hasta 42 días sin necesidad de presentar cargos.

Ganaderos gallegos tirando por la alcantarilla millones de litros de leche.

Virus troyanos creados por el Ministerio de Interior alemán, para monitorizar la actividad de los ordenadores conectados a Internet.

Suecia graba todas las llamadas telefónicas y correos electrónicos que salen al extranjero.

Italia barre las calles de gitanos e indigentes con 3000 soldados.

Alguien que vive en el Reino Unido es grabado por cámaras de vigilancia un promedio de 300 veces. Al día.

Francia y Holanda dijeron No a la Constitución Europea (los demás países no tuvieron la oportunidad de hacerlo). Para ignorar ese No, se creó el Tratado de Lisboa.

Irlanda ha dicho No al Tratado de Lisboa. Para ignorar ese No, se repetirá el referéndum dentro de un año.

En Suiza gobierna un partido cuyo cartel electoral eran tres ovejas blancas que sacaban a patadas del país a una oveja negra.

Policías locales de al menos tres comunidades autónomas españolas utilizan regularmente armas Taser, que transmiten descargas de 50000 voltios a la víctima.

Sólo la incapacidad parlamentaria del grupo de gobierno ha impedido que Polonia tuviera una ley que prohibiera «la promoción de la homosexualidad y otras desviaciones» en las escuelas polacas y sancionara a quienes promoviesen «la homosexualidad o cualquier otra desviación de índole sexual en entornos educativos». El incumplimiento de estas medidas podría ser causa de despido, multa o encarcelamiento.

Una persona que nace en Alemania no es ciudadano alemán, a menos que uno de sus padres lo sea. Se llama “Ley de la Sangre”.

Desde 2002, un parado que haya dejado de recibir prestación, pierde la gratuidad de la sanidad. Se le atiende, pero luego se le envía la factura a casa.

Dónde coño está la Europa que nos prometieron.