Manifiesto “En defensa de los derechos fundamentales en internet”

Ante la inclusión en el Anteproyecto de Ley de Economía sostenible de modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet, los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de internet manifestamos nuestra firme oposición al proyecto, y declaramos que…

1.- Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela
judicial efectiva y a la libertad de expresión.
2.- La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial -un organismo dependiente del ministerio de Cultura-, la
potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.
3.- La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación
de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional.
4.- La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de
multitud de fuentes diferentes.
5.- Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones. Intentar sostener con
cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.
6.- Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.
7.- Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticas auspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre.

8.- Exigimos que el Gobierno garantice por ley la neutralidad de laRed en España, ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro.

9.- Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras.
10.- En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas. No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia.

Este texto se publica multitud de sitios web. Si estás de acuerdo, publícalo también en tu blog.

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Soitu muere de éxito

Pierdo el tiempo del trayecto al trabajo en tranvía mirando las hojas de los árboles. No pienso en nada concreto. Son las 9 de la mañana y me encamino a mi trabajo en la oficina. Una oficina que mira al Spree, con grandes ventanas y aires de libertad. Un lugar al que me gusta acudir a trabajar.

Siempre me han gustado los lugares abiertos, donde circula el aire, donde se mueven las personas y no sólo los números.

Quizá durante el viaje no pienso en nada, porque cuando salgo a comer a las 13,30 sí estoy pensando en algo. En la voladura controlada de Soitu, el periódico online de información que, en cierta manera, formaba parte de mí y yo de él. No sólo porque tengan una foto mía en un índice de corresponsales urbanos: también porque recuerdo esos meses sin trabajo en los que me esforzaba a obligarme a someter la rutina a un ritual de crear un artículo, que a veces destacaban en portada y a veces no. Eso era lo de menos, me decía.

Sigue siendo lo de menos, ahora.

No voy a escribir con corrección. No voy a revisar las frases. No voy a buscar la mejor forma de contar esta historia. Esta historia se cuenta sola.

Aterricé en Soitu en Marzo de 2008, como casi todos, siguiendo la estela de Javier Pérez de Albéniz, alias El Descodificador, el responsable del blog de televisión de ElMundo.es al que trataron de ponerle una mordaza en la boca y que cogió la mordaza y se la introdujo de palabra por el ojal al hombrecillo que dirige el panfleto. Su estilo claro, directo y brutal entroncaban con una manera mía de contar las cosas que saco de paseo de vez en cuando y que alineo bajo el alias de Thomas Bernhard. Por eso le seguí, y aterricé en Soitu. Un lugar en construcción, con muchas ganas de contar cosas y abierto a la participación. Tomé un artículo que había escrito para 20minutos y que nunca llegó a ninguna parte: lo subí y me lo seleccionaron para estar en la portada. Inmediatamente. Con algunas loas privadas que me hicieron sonreír, y pensé, estoy en el sitio adecuado.

Observé un lugar lleno de gente joven, nativos digitales, interdisciplinares, abiertos, creativos.

Subí artículos, entré a formar parte de los corresponsales urbanos, propuse temas, ascendieron a portada, aparecía mi nombre real. Otros se quedaron por el camino. Tampoco importa ya. Como los buenos amigos, Soitu y yo hemos tenido discrepancias. Yo sólo soy un hombre grave. Una persona que ve manos negras detrás de las acciones políticas, un ser incapacitado para el optimismo social, un tipo que cuando le preguntan si ve el vaso medio lleno o medio vacío, siempre entona un discurso en el cual afirma que mientras que el optimista, al verlo medio lleno, no se preocupa de ir a por otro vaso, mientras que el pesimista se encarga de ir a pedir otro, por lo que al final el pesimista es el que tiene un vaso entero para beber mientras que el optimista se queda sin bebida. Soy un hombre que fuma en pipa, de humor ácido, de espíritu reflexivo y francotirador. Sí es cierto que a menudo pensé que mi forma de escribir, las historias que cuento, cada vez encajaban menos con el espíritu festivo y despreocupado de Soitu. Quizá eso, junto a problemas personales y cambios laborales, me retractaron de escribir a menudo en Soitu. De preocuparme de proponer temas. De buscar vistazos que no supusieran una sugerencia de apocalipsis. Tampoco importa ya: ellos crecían, y yo me alegraba por ellos. Sí pensaba, y lo sigo pensando, que Soitu quizá debería conjuntar mejor la profundidad y la ligereza, el ocio y la reflexión.

Sigo hablando en presente. Ya no hay posibilidad de conjuntar nada.

Crecieron rápido, se ampliaron rápido, ahora desaparecen rápido. La supernova ha explotado. En noches como la de hoy, sentado ante el ordenador con el que escribía las crónicas que les mandaba, es fácil decir, esto debería haber sido así, deberían haber tirado más por aquí. El deporte nacional español de enmendar la plana a posteriori a aquellos que tomaron las decisiones que parecían acertadas. Tampoco importa ya.

Hoy fenece, por los motivos que sean, y ayudados por la gran mano al cuello de BBVA, su accionista y socio de capital, un medio de información que, con sus imperfecciones humanas, contribuyó a ampliar el horizonte de lo que un medio de comunicación del siglo XXI debía ser: abierto, transversal, con participación e integrando las nuevas tecnologías y las nuevas formas de relación entre periodista y lector; adiós al monólogo, brazos abiertos al diálogo.

Mientras ellos se disuelven, los medios tradicionales todavía se preguntan si tienen que cobrar por sus obsoletos contenidos. No han entendido nada de todo lo que ha pasado en España en estos últimos 22 meses. Mejor así: su agarrotada obsolescencia hará que nazca otro Soitu, bajo otro nombre, espero que con más éxito en la aventura.

Y espero estar ahí, aportando mis profundidades que a nadie le interesan en estos tiempos de liviandad.

La pipa es el tiesto de las flores de humo

Siempre es difícil escribir de lo que se ama. De lo que supone una pasión íntima o una cuestión personal. Las palabras dejan de ser términos en un diccionario y se hacen escudos, lanzas, banderas. A la hora de usar las palabras, uno hace apología de lo incorrecto; mejor dicho, de lo que se nos ha informado que en la actualidad es políticamente incorrecto. Pero no queda otro remedio que utilizarlas, porque es lo único que nos queda.

Me permitirán un poco de proselitismo.

Hace tres años, quien escribe estas líneas eligió un camino: fumar en pipa. Una elección que suscita una curiosa mezcla entre la extrañeza, un presunto esnobismo y la aparición de turbios recuerdos de parientes ya fallecidos que también echaban tabaco en un trozo de madera. Lo elegí por la misma razón por la que hace muchos años manifesté mi preferencia por la pluma ante el bolígrafo, las cartas escritas a mano en vez de correos electrónicos y la copa tranquila en un sofá en vez del botellón: por el ritual, la ceremonia, la paciencia infinita que corona cada pequeño acto si se quiere hacer con una mínima perfección alcanzable.

Y este fin de semana decidí compartir mi ceremonia con decenas de personas más. Y juntarnos con la excusa perfecta: un Campeonato de España de Fumada Lenta en Pipa, organizado en esta ocasión por el Club de Amigos de la Pipa de Madrid.

Sí, algo así existe desde hace 20 años. Sí, suena friki. Cada uno acarrea con lo suyo, tal vez yo también sea un poco friki a mi manera.

Este sábado se celebró el XX Campeonato de España de Fumada Lenta en pipa. El mecanismo es sencillo: uno se inscribe, y por el precio de la inscripción se recibe una pipa, 3 gramos de tabaco y un atacador de madera. La misma pipa para todo el mundo, sobres milimétricamente pesados, para que nadie reciba más tabaco que otro.

“En realidad, lo de menos es la fumada”, afirma Carles Royo, vicepresidente del Lleida Pipa Club y artesano pipero. “Lo importante de todo esto es el antes y el después. En el antes hablas con la gente y conoces nuevos compañeros, y después ya empieza el cachondeo”, sostiene con una sonrisa. Internet ha sido una baza básica para desarrollar esta ‘comunidad pipera’. Proliferan listas de correo, pipaclubs con sección virtual como el PipAlba, foros de internet… Son formas de socializar actos de placer individuales. Y por lo que se veía en los salones donde se celebró la comida y la fumada, la socialización fue exponencial. Qué pipa te has comprado. ¿Has visto las Les Wood? Segimón ha traído unas pipas preciosas. Momentos de patio de colegio, con los niños sonriendo ante los stands de las primerísimas marcas que allí había y enseñándose mutuamente las maravillas que acababan de aterrizar en sus bolsillos. Incluso cabía la posibilidad de comprar armarios para pipas realizados por un artesano segoviano, Carlos Canle.

Lo mejor, lo que no estaba en el programa oficial. Gente regalándose latas de tabaco porque sí. Las conversaciones en las mesas, rodeados de una botella de Cardenal Mendoza. Las sorpresas de quienes ya se conocen. Gente que está incluso a punto de derramar una lágrima cuando un artesano —y amigo— le trae una pipa creada especialmente para él, como fue el caso del director teatral Eduardo Valiente, que recibió la pipa Talía y Melpómene en honor a las musas del teatro.

Pequeñas historias donde no caben muertes con forma de cilindro, también llamadas cigarrillos. Aquí se establecen otros términos. Aquí se degusta el tabaco como se catan los vinos: se habla de matices a heno, a toques florales. Es una forma de ver la vida, pese a que la frase sea ya una categoría especial dentro de los tópicos. Un lugar en el que no caben las prisas sólo puede organizar como actividad un concurso en el que se elogia la lentitud. Es un mundo diferente que devuelve mucho más de lo que tú puedas darle. Proporciona una calma interior que une a la gente. La Ley Antitabaco molesta sólo de lado, porque un fumador de pipa no es carne de portal y chute rápido de cinco minutos en la calle antes de volver a subir a la oficina; puede, y prefiere esperar a tener el tiempo necesario de disfrutar de su adicción. Un cigarrillo es para un fumador de pipa lo que un calimotxo a un Somelier: algo tan alejado, que sólo el nombre de lo común se comparte.

Fuimos legión y somos sólo sombra en estos tiempos. Pero estas sombras siguen sonriendo.

Cesión de espacio

Hoy Thomas Bernhard cede su espacio a la mejor retrospectiva de la crisis, escrita brillantemente por Joaquín Estefanía en El País. De lectura imprescindible.

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EL MUNDO DESPUES DEL CRASH

Hay en economía un concepto más enérgico que el de recesión para explicar lo que está sucediendo: depresión. La depresión es más grave y duradera que la recesión, y se manifiesta en el frenazo en seco de la actividad, la debilidad de la demanda, la contracción del comercio internacional, el incremento del paro, la caída del poder adquisitivo, etcétera, todos ellos procesos muy dolorosos y contrarios al progreso. Pues bien, el profesor de Economía de la Universidad de Nueva York Nouriel Roubini, el gurú que se ha hecho famoso por haber anticipado la crisis financiera que se inició con el estallido de las hipotecas tóxicas, ya ha utilizado el concepto de depresión como síntoma de lo que ocurre en la economía a escala planetaria. Hace unos días escribía Roubini: “No podemos descartar un fracaso sistémico y una depresión global. (…) Se corre el riesgo de un desplome del mercado, una debacle financiera y una depresión mundial”. El economista plantea que más que una coyuntura en forma de V (caída y pronta recuperación) estamos en otra en forma de U (caída en la que la economía se mantiene un tiempo, para luego ascender), o quizá en forma de L (caída y letargo a largo plazo).

Un arranque ciertamente tenebroso sobre la coyuntura quizá pueda compensar el optimismo del titular de este que parece llevar implícito -y no es así, como se ha visto la semana pasada- la superación del desplome bursátil que, en otras ocasiones históricas, ha sido la antesala de una recesión o de una depresión. Crash y depresión se retroalimentan. Hay muchas similitudes -y bastantes diferencias- con la Gran Depresión de 1929. Es urgente desempolvar los viejos manuales de entonces y establecer las comparaciones. “Pensar el presente desde un punto de vista histórico” (Walter Benjamin).

En diciembre de 2006 caía el Ownit Mortgate Solutions, un pequeño banco hipotecario de California especializado en productos de alto riesgo. Es el antecedente más cercano del estallido de la burbuja inmobiliaria y de las hipotecas subprime, que devendría en la norma a partir de julio de 2007. Desde entonces hay muchas víctimas sin enterrar. Entre ellas, la economía real en forma de estrangulamiento del crédito (que es su sistema sanguíneo), desaparición de los bancos de inversión y nacionalización de otras entidades que formaban parte de la aristocracia financiera internacional, desprestigio de los organismos reguladores nacionales y de las agencias de calificación de riesgos, profundísima descapitalización bursátil de muchas empresas financieras y no financieras, parón de la actividad económica y de la inversión, contracción de la demanda, suspensiones de pagos, desempleo, etcétera. Y sobre todo, un escalofrío en muchos ciudadanos en forma de inseguridad: no sólo miedo al terrorismo y a otras formas de inquietud ciudadana, sino a la inseguridad económica y el temor al otro, al diferente, al que compite con el puesto de trabajo y carga de obligaciones al Estado de bienestar.

Otra víctima de la crisis es una forma de entender el mundo, un modo de pensar que se identifica ampliamente con la ideología neoliberal. La máxima acuñada por la revolución conservadora de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, que ha durado un cuarto de siglo, de que el Estado es el problema y no la solución, ha saltado hecha trizas en cuanto se han acumulado las dificultades. La “destrucción creativa” de Schumpeter sólo se hizo realidad cuando las autoridades americanas dejaron hundirse al que era cuarto banco de negocios estadounidense, Lehman Brothers (y casi todos los analistas califican esta inacción como un grave error y el principio del pánico); las demás instituciones financieras con problemas han sobrevivido con una u otra fórmula de intervención pública, con paquetes de rescates a babor o a estribor, en forma de avales públicos, compras de activos o directamente de acciones. Lo explica resignado un economista español: “Hemos generado mucho riesgo moral para evitar el riesgo sistémico”. Ahora, la retórica del libre mercado se utiliza con más soltura, más selectivamente: se asume cuando sirve a intereses especiales y se descarta cuando no es así. Sin complejos, el presidente de la patronal española llegó a exigir “un paréntesis” a la economía de mercado.

Hace escasamente año y medio, todavía la economía mundial continuaba en la senda de crecimiento más larga y profunda de la historia contemporánea. La teoría de los ciclos económicos parecía extinguida y el planeta se instalaba en el denominado ciclo Kondratief, una onda larga de prosperidad debida -se decía- a la confluencia de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) con la flexibilidad empresarial y la innovación financiera. Los mantras más citados eran los de la desregulación y la autorregulación. Hasta tal punto que cuando se encienden las primeras luces rojas de las dificultades hay una generación de jóvenes ejecutivos, los que mandan en muchas empresas y en bastantes Gobiernos, que no tienen puntos de referencia para saber lo que es una crisis y qué tratamiento preventivo darle.

Es muy interesante seguir las mutaciones que ha sufrido la naturaleza de esta crisis en apenas 18 meses: primero se identificó con el estallido de la burbuja inmobiliaria y el abuso en la concesión de hipotecas de alto riesgo; a ello se le añadió un tsunami protagonizado por las materias primas alimentarias y los elevadísimos precios de la energía, de modo que entonces se habló de “tormenta perfecta” y se hizo una equivalencia con los primeros años setenta del anterior siglo, al aparecer la estanflación (alta inflación y crecimiento cero). Cuando se hicieron sentir los primeros efectos de la sequía crediticia en forma de reducción del crecimiento económico bajaron los precios de las materias primas; como consecuencia de ello, la inflación dejó de estar en primer plano, pero a las víctimas de la coyuntura se añadieron los países emergentes, principales productores de materias primas, y de los que se había dicho que en esta ocasión estarían exentos del efecto contagio. Conforme pasaban las semanas y dejaba de funcionar el mercado interbancario debido a la desconfianza que las entidades se tenían entre sí (¿cuál de ellas tenía en su interior la metástasis de los productos estructurados y colaterales sin valor alguno en el mercado?), la crisis hipotecaria devino en crisis financiera y los Gobiernos salieron al rescate en el entendido de que la desconfianza de los ciudadanos en las entidades de crédito es la antesala de una catástrofe en la economía real. Hubo un momento en que en algunas plazas y sucursales bancarias los clientes, después de hacer colas para sacar sus ahorros, intentaban transmutar sus depósitos en lingotes de oro, en la creencia de que este metal precioso era la inversión más segura.

Sólo cuando los ciudadanos, airados, comenzaron a preguntarse en alto por qué habían de rescatar a quienes habían sido víctimas de su codicia, es cuando se sofisticó un poco el discurso: la mayor inyección de dinero público utilizada en la historia para salvar a los bancos en dificultades era tan sólo una etapa intermedia para salvar a la economía real. Lo que es bueno para Wall Street es también bueno para la calle. Proteger a Wall Street es proteger a Main Street. Así lo ve el grupo de banqueros con chistera y puro que aparecen en la tira satírica del New Yorker. Uno de ellos grita indignado: “¡Maldita sea, para nosotros Wall Street es Main Street”.

Las ayudas oficiales a la banca (“Aportaremos todo lo que sea necesario”, ha declarado Berlusconi, el más desvergonzado de los políticos actuales) han servido hasta ahora para detener el pánico de los clientes y para que emerja un hilillo de liquidez en los mercados, que se ha concretado en una pequeña baja de los tipos de interés (Euríbor y Líbor). Pero sigue sin saberse si tanto dinero aportado por el Estado se trasladará del sistema financiero al conjunto de las empresas con inmediatez, para que la situación tienda a normalizarse, y a qué precio. Esto era así hasta anteayer. Pero resuelta al menos en parte la dificultad financiera más urgente, los mercados bursátiles han reaccionado extraordinariamente a la baja cuando en el frontispicio ha aparecido el problema de fondo: el colapso de la economía real. La mayor parte de los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) -los 30 países más ricos del mundo- han entrado en recesión o están a punto de hacerlo (dos trimestres seguidos de reducción de sus productos brutos), y sin visos de salida. Además, el contagio afecta a muchos países emergentes, que han tenido que gastar las reservas de divisas en defensa de sus monedas, mientras aumenta su riesgo país y ven bajar los precios de sus exportaciones. Se ha llegado a la madre de todas las crisis. Cada uno de los pronósticos que han ido elaborando las organizaciones multilaterales (OCDE, Fondo Monetario Internacional, etcétera) se han tirado a la papelera en el mismo momento en que se hacían públicas. La velocidad de la metástasis es tal que todas las explicaciones de la coyuntura se han quedado antiguas en tiempo real. Aun hace dos fines de semana, en su asamblea semestral, el FMI preveía un ligero crecimiento en 2009 para el conjunto de las economías avanzadas y del orden del 6% en las emergentes. Sin embargo, el pasado miércoles, el Foro Económico Mundial sentenciaba: “La crisis financiera afecta ya a la economía real en un nivel alto y el riesgo de una profunda y prolongada recesión crece”.

Con esta crisis multiforme y poliédrica ha desaparecido también una forma de hacer la política económica, que ha sido dominante en el último cuarto de siglo. Aquella que había formalizado el dogma de que los mercados son los que mejor saben qué hacer. Del mismo modo que hay ciclos en la coyuntura también hay ciclos ideológicos que conceden el énfasis a las distintas herramientas económicas. Y ha comenzado otro. En el año 1936, el que probablemente ha sido el economista más influyente del siglo XX (y lo vuelve a ser ahora), John Maynard Keynes, escribió en su obra magna Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero: “Las ideas justas o falsas de los filósofos de la economía y de la política tienen más importancia de lo que en general se piensa. A decir verdad, ellas dirigen casi exclusivamente el mundo. Los hombres de acción que se creen plenamente eximidos de las influencias doctrinales son normalmente esclavos de algún economista del pasado”. Las ideas keynesianas, tan menospreciadas en el último cuarto de siglo, están siendo aplicadas ahora por quienes tratan de sacar a la economía de la camisa de fuerza de la revolución conservadora y de la desregulación permanente. No por casualidad, sino como un signo de los tiempos, la Academia Sueca ha concedido hace unos días el Nobel de Economía a quien es uno de los neokeynesianos más insignes: Paul Krugman.

El New Deal del presidente Franklin Delano Roosevelt, respuesta a la Gran Depresión de 1929, inauguró un ciclo progresista de intervención en la económía que duró casi medio siglo y que ha sido denominado la edad dorada del capitalismo: el mundo creció mucho y los países más avanzados construyeron su Estado de bienestar. El 31 de diciembre de 1933, 10 meses después del inicio del New Deal, Keynes escribe una carta abierta al presidente en The New York Times, en la que le aconseja actuaciones adicionales, entre las que sobresale “una atención predominante en el más alto grado al incremento de la capacidad de compra resultante de los gastos públicos, financiados mediante créditos”.

A finales de los años setenta y principios de los ochenta se inició la revolución conservadora, que tuvo sus principales ideólogos en Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y su continuidad en los neocons que han gobernado en la Casa Blanca y en la Reserva Federal. Francis Fukuyama, el constructor del concepto del fin de la historia, ha matizado aquella forma de entender el mundo y recientemente ha hecho un balance de ese tiempo: la revolución conservadora perdió su rumbo porque se convirtió en una ideología irrebatible, y no en una respuesta pragmática a los excesos del Estado de bienestar. En ella había dos conceptos sacrosantos: que las reducciones de impuestos se autofinanciarían y que los mercados financieros podrían autorregularse. Pues bien, el balance es clarificador: Reagan y Bush dejan a EE UU con gigantescos déficit, la economía creció tanto con Clinton como con Reagan y con superávit público, y de las secuelas de la autorregulación del mercado financiero tenemos suficientes ejemplos catastróficos en los últimos meses.

La crisis traza una frontera, la del final (por ahora) de otra edad dorada: el crédito fácil, la liquidez extrema, los riesgos fuera del balance, los sueldos astronómicos de los grandes ejecutivos ligados a la creación de valor a corto plazo y no a la calidad de lo que se fabrica o con lo que se trabaja, los cambios legales para facilitar la especulación sin límites y las zonas de sombra (el capitalismo gris), una psicología mediante la cual los ahorradores se convirtieron en inversores y los inversores en activos apalancados, la autorregulación como pretexto para administrar sin límites, etcétera.

Cada ciclo ideológico en economía está provocado por una crisis. El New Deal llegó por la Gran Depresión; la revolución conservadora, como reacción a la estanflación; y el paradigma que parece instalarse a principios del siglo XXI, por la crisis iniciada con las hipotecas subprime llevada al paroxismo. Las matrices que lo componen son las de la intervención del Estado siempre que sea necesaria, la regulación financiera, quien contamina paga (en relación a los activos tóxicos) y la necesidad de dotar de gobernanza a la globalización realmente existente. Por ello se ha dado tanta significación a la construcción de un nuevo Bretton Woods, en analogía con la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas, celebrada en New Hampshire del 1 al 22 de julio de 1944, al final de la II Guerra Mundial, y que ha constituido hasta ahora el intento más ambicioso por configurar un nuevo orden económico internacional. Entonces participaron 44 países. Hoy se trata, como se declara con ampulosidad, de “refundar el capitalismo”: cambiar todo para que nada cambie.

Se trata de evitar otra Gran Depresión e ir, por el contrario, a una Gran Transformación, como tituló su libro de referencia Karl Polanyi en 1943. En él demostraba, acudiendo a la historia y a los datos empíricos, que no existe nada parecido a una mano invisible que ordene a los mercados; éstos se regulan por la acción del Estado. Hay que actualizar la Gran Transformación a la era de la globalización en la que los Estados tan sólo son entes intermedios.

-Joaquín Estefanía, 26 octubre 2008