Elecciones en Alemania: las urnas como laboratorio político

El mejor indicador termopolítico no es una estadística, ni una encuesta, ni siquiera un artículo de prensa o un reportaje. Es la Prueba del Padre.

El Padre es aquella figura que cada domingo madruga sin necesidad de hacerlo, y baja a comprar la prensa con la reverencia que destilan las personas que durante años no compraron prensa porque no era libre. El Padre puede ser tu propio padre, o un familiar cercano, o ese señor que se sienta en el banco de la plaza cada domingo a leer la prensa. El Padre es aquel que, sin ser un experto en política, deportes, economía o internacional, desprende un conocimiento general cincelado a fuerza de leer prensa durante años que le hace reconocer los acontecimientos importantes de los que son mero ruido comunicativo.

Hoy, bastaría hacer la Prueba del Padre caminando por la plaza para saber que es un día importante en Europa. Porque hay domingos donde el Padre está más relajado, con una media sonrisa y dejando que el sol le toque la cara mientras lee. Pero hoy está más encorvado hacia delante, el ceño más fruncido, el gesto más tenso. Porque hay elecciones locales y federales en Alemania, a cuatro semanas vista de las elecciones para la Cancillería. Sajonia, Turingia y el minúsculo estado federal del Sarre celebran elecciones que van a ser claramente un espejo en el que medir resultados para dentro de un mes, y sobre todo, alianzas de gobierno que serán a todas luces necesarias.

Tomemos el Delorean para viajar cuatro años atrás en el tiempo.

2005. Elecciones a la Cancillería. La erosión política de Schröder, canciller del SPD (Partido Socialdemócrata Alemán), le presenta ante el electorado como acabado tras 7 años en el poder y aprobar toda clase de recortes sociales que minaron la enorme base social con la que accedió al poder. La campaña arranca con Angela Merkel, candidata del CDU (Partido Democristiano Alemán), con más de 15 puntos de ventaja; pese a su absoluta inexperiencia en tareas serias de gobierno, Merkel ha logrado ganarse las simpatías de muchos alemanes, más allá de su ideología política, por haber conseguido la jefatura de un partido tan rígido como el CDU siendo una mujer, y procediendo además de la antigua Alemania del Este. Merkel, pese a estos logros objetivos, no consigue conectar con el electorado, mientras que Schröder hace una campaña agresiva y efectiva, infundiendo el “miedo a la derecha”, que obra el milagro: el día de las elecciones, decenas de miles de personas que, desencantados con sus políticas neoliberales, juraron que jamás volverían a votar al SPD, lo hicieron para frenar a Merkel y el peligro que suponía, consiguiendo que CDU y SPD presenten un empate técnico a escaños en el Bundestag (parlamento alemán). En la sede del CDU, que había conseguido un espectacular aumento de votos, reinaba un ambiente de funeral, mientras que en la del SPD, que había caído notoriamente, imperaba una alegría que rayaba en lo irreflexivo. Esa noche, Schröder cometió el error de presentarse como vencedor, y de humillar públicamente a Merkel diciéndole que “ni se le ocurra pensarlo: no vamos a pactar con usted“. Muchos interpretaron esas palabras como una afrenta, un gesto innecesario que jamás se hubiera atrevido a lanzar de haber sido Merkel un hombre. Las simpatías empezaron a deslizarse claramente hacia Merkel en las semanas posteriores a las elecciones (donde cientos de encuestas preguntaron a la nación qué salida cabía, si nuevas elecciones o un gobierno de unidad nacional), forzando al SPD a apartar de la primera línea política al excanciller Schröder y a quedar expuesto a la voluntad del CDU.

Merkel ahí demostró por qué había conseguido la jefatura del CDU: utilizó las encuestas para marcar el tempo político. Mientras muchos la presionaban para formar un Gobierno Jamaica (en Alemania, los partidos políticos tienen colores, y Jamaica sería el CDU (democristianos de derecha, negro), FDP (liberales, amarillo) y Die Grüne (los verdes, evidentemente verde), Merkel analizó la situación política de una forma impecable: era mucho más inteligente formar una gran coalición con el SPD. De esta manera, anularía gran parte de su base social, que jamás perdonaría a los dirigentes del SPD haberse bajado los pantalones ante el CDU, y a su vez, robaría las iniciativas socialdemócratas del gobierno para atribuírselas y darle al CDU un perfil social que jamás había tenido en 60 años de historia.

El tiempo ha dado la razón a Merkel: la entrada en el gobierno del SPD ha destruido su respaldo social y ha sumergido al partido en una gran crisis de identidad que se ha saldado con tres candidatos oficiales a Canciller en cuatro años (Mathias Platzeck, Kurt Beck y ahora Frank Walter Steinmeyer), además de reforzar en el electorado la impresión de que todas las medidas sociales del gobierno en la pasada legislatura no han provenido del SPD, sino del CDU.

El resultado: a cuatro semanas de las elecciones, el SPD se mantiene alejadísimo de cualquier opción de volver a la Cancillería, perdido a 14 puntos del CDU, quien obtendría entre un 37 y un 40% de los votos. Ante este panorama, las palabras que más se escuchan en cualquier tertulia política son Schwarz-Gelb (negro-amarillo), la coalición soñada con liberales que permitiría al CDU aplicar a cuchillo todas las medidas de desmantelamiento del estado del Bienestar y dinamización de la economía que pretende.

Pero antes de llegar ahí, la primera prueba de fuego es este fin de semana: elecciones federales en el Sarre, Turingia y Sajonia, y elecciones locales en Renania del Norte-Westfalia. Naturalmente, los resultados serán siempre de alcance reducido, debido a las particularidades de estos estados, pero los analistas políticos están expectantes: ellos también han hecho la prueba del Padre, y el resultado es positivo.

Peter Müller (CDU) intentará mantenerse en el poder pactando con el FDP. ¿Será suficiente?

Peter Müller (CDU) intentará mantenerse en el poder pactando con el FDP. ¿Será suficiente?

En el Sarre, pequeña región fronteriza con Francia, el CDU ha gobernado en la última legislatura con un apoyo cercano a la mayoría absoluta. Sin embargo, la irrupción del partido de izquierda Die Linke a nivel federal, capitaneado por Oskar Lafontaine (ex-primer ministro del Sarre, por entonces en el SPD y el cual abandonó ante su deriva centrista), ha desestabilizado el reparto clásico de votos. Die Linke le robará un buen porcentaje de votos al SPD, pero indirectamente hará aumentar el porcentaje total de votos a la izquierda, robando base al CDU, que necesitaría una coalición para mantenerse en el poder. El ligero aumento del FDP puede asegurar la mayoría, y servir de primer ensayo al pacto federal que se presume en Octubre. Atención al NPD: el partido neofascista rozó el 4% en las pasadas elecciones, y podría rozar la entrada en el parlamento del estado federado, aunque se presume improbable.

>>> PREVISIÓN DE VOTO EN SAARLAND (SARRE)

CDU 38% || SPD 26% || Linke 15% || FDP 9% || Grüne 6% || otros 6%

Holger Apfel celebra la entrada en el parlamento sajón en 2005 con un gesto... casual

Holger Apfel celebra la entrada en el parlamento sajón en 2004 con un gesto... casual

En Sajonia, las cosas se presumen, como poco, más ásperas. El CDU ha sido, desde el hundimiento de la Alemania comunista, la fuerza más votada en este estado del Este, uno de los más depauperados de todo el país, con una industria obsoleta y una tasa de paro cercana al 13%. Las dos grandes fuerzas siempre han sido el CDU y el antiguo PDS, heredero del SED (partido comunista único en los tiempos de la dictadura) y antecesor de Die Linke. Sin embargo, en las últimas elecciones el CDU perdió más del 15% de votos y se vio obligado a trasladar al parlamento sajón la Gran Coalición con el SPD, fuerza aquí minoritaria pero suyo apoyo aseguraba la gobernabilidad en un estado problemático y extremo: los postcomunistas suman casi el 24% de los votos, y el partido neofascista NPD obtuvo en 2005 el 9’2% de los votos y 8 diputados. En las elecciones de hoy, el NPD parece hundirse por debajo de la línea del 5%, lo cual le dejaría fuera del parlamento, mientras el FDP doblaría su porcentaje. Encaje de bolillos espera mañana a las fuerzas políticas sajonas.

>>> PREVISIÓN DE VOTO EN SACHSEN (SAJONIA)

CDU 38% || Linke 21% || SPD 13% || FDP 11’5% || Grüne 6% || NPD 4’5% || otros 6%

En Turingia, el otro ex-estado-del-Este que celebra elecciones, el mapa político parece ampliarse en estas elecciones: en 2004, sólo el CDU, el SPD y Die Linke obtuvieron representación parlamentaria, quedando la mayoría absoluta en manos del CDU, pese al espectacular aumento de la izquierda postcomunista. Ahora, sin embargo, el hundimiento del partido democristiano hará imposible que mantenga el poder… al menos, en soledad. Verdes y liberales entrarían en el parlamento, abriendo las posibilidades para un pacto jamaicano. Quizá es la elección con menos emoción, dado que parece claro que CDU y FDP se entenderán con facilidad y pueden convencer a los Verdes de sumarse al Gobierno en su primera entrada en el parlamento federal. Y al menos, aquí el NPD no parece convencer a tanta gente como en otros estados, afortunadamente. No obstante, queda vigilar cómo reacciona el electorado ante los planes todavía frustrados de salvación de Opel, dado que es en este estado donde tiene una de sus sedes, y donde un posible cierre podría dejar a miles de personas en la calle si el gobierno de Merkel no maneja bien sus cartas.

>>> PREVISIÓN DE VOTO EN THÜRINGEN (TURINGIA)

CDU 34% || Linke 24% || SPD 19% || FDP 8% || Grüne 6% || otros 9%

La prueba del Padre funciona: si has llegado hasta aquí, estarás pensando en cómo todo esto puede influir a nivel alemán y europeo. La primera prueba está en marcha. Veamos hasta dónde llega el fuego.

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La aligeración de la amistad

Cada mañana, el sol sale por el este y se pone por el oeste, y en ese intervalo de luz con partes de sombra, vive el ser humano. Constante como las excavadoras, la humanidad persigue la perpetuación de una rutina. La necesitamos para habitar esos espacios de hormigón y códigos postales que nos empeñamos en llamar ciudades. Pese a pretendernos urbanos, observamos el ancho de las aceras, las líneas de autobuses y las bocas de metro como elementos lanzados desde una nave espacial.

Por eso no los miramos. Por eso avanzamos por las mismas calles, calcando recorridos, colonizando los mismos bares. Necesitamos la rutina para cohesionarnos como individuos. La rutina y la socialización. Buscamos a los mismos amigos, generamos las cadenas de contactos necesarias para acostar con cierta regularidad un nuevo cuerpo en nuestra cama, para aumentar la memoria de la agenda del teléfono móvil.

Ampliar horizontes. Observar nuevos rostros. Escuchar nuevas palabras, que no son nuevas, sino sólo la boca que las pronuncia. O las escribe.

La llegada de internet al ciudadano medio le ofreció la última falacia del milenio: el mundo entero está a tus pies, puedes conocer a gente de todas las partes del mundo. Los 90 llegaban a su fin y proliferaron las páginas de FriendPals. Gente de todas las partes del mundo que dejaban su dirección física en páginas de internet, para conocer personas con las que cartearse. Cartas, sí, de papel, con letra, dirección y sello lamido. Miles de cartas viajaron a lugares absolutamente remotos y absurdos, gente de Mongolia carteándose con desconocidos norteamericanos, europeos escribiendo a Sudamérica, indios cruzando confidencias con rusos. Algo que parece hoy algo tan remoto como un libro de Tolstoi, un reloj de bolsillo o un hombre fumando en pipa.

Internet generó el primer movimiento de aligeración de la amistad: hablar con desconocidos, aunque manteniendo ese romanticismo de sentarse a una mesa, marcar con tu puño y letra pensamientos que pocas veces podían ser profundos, sino meros intentos de aproximación superficial -quién soy, dónde vivo, qué me gusta- legitimados por la distancia, la absoluta improbabilidad de conocerse algún día en persona, y a menudo la utilización de la linguafranca mundial en vez de tu lengua materna. No era difícil observar lo que luego se confirmaría en el siguiente estadio: el distanciamiento genera una suicida dosis de confianza.

Tras el movimiento de amigos-por-carta, llegó una versión más vaga y perezosa: los chats de mIRC. ¿Para qué molestarse en desplegar un folio, cargar una pluma de tinta -no lo neguemos, para escribir cartas a personas que apenas conocemos nos molestábamos en escribir con pluma- y sentarse a garabatear, pudiendo practicar la velocidad de digitación conectándonos a salas donde una conversación era imposible porque había 40 personas hablando a la vez? La tematización de los canales era sólo una excusa: la búsqueda de una amistad mejorada había emprendido su curso. Entiéndase con mejorada una de esas amistades que nada exigen, porque la distancia y una pantalla demandan poco de un ser humano. Mientras los amigos virtuales florecían, languidecían los compañeros que nos habían visto crecer, los grupos de siempre con los que salíamos los sábados por la noche porque ninguna otra cosa sabíamos hacer, instalados en el hábito, la rutina, la torpe necesidad de socializar a cualquier precio. La instauración de la tarifa plana telefónica generó la perpetuación de la posibilidad de conexión a internet, derivando indirectamente en la eterna posibilidad de hablar con esos desconocidos que siempre eran más interesantes, más profundos, más idénticos a nosotros mismos cuantas más horas pasábamos pendientes de sus letras.

El fenómeno de la proyección, que en las relaciones reales necesita de varios meses y conocimiento profundo, se acortaba gracias al chat. Y con él, el de la decepción, fenómeno este que no cambiaba los hábitos vitales de varias generaciones, que perseveraban en la búsqueda imprecisa de una amistad fin de siglo: amistad presuntamente profunda, pero en realidad vacua y esquiva de la realidad. Es en este estadio donde se genera la pereza que llega a nuestros días: tener amigos está muy bien, pero es muy cansado mantenerlos. Por eso se primaron las nuevas relaciones generadas a través de profundas y extensas conversaciones en ventanas privadas de chat por delante de ese amigo que se acaba de echar una novia un poco perra y está algo tonto, nada que no pudiera curar quizá una buena conversación frente a unas cervezas y tabaco en abundancia; pero ya da pereza. La vida acerca objetos y sujetos lejanos y aleja lo que siempre hemos tenido ahí. El mundo es demasiado grande para cerrarse puertas con viejos amigos desorientados.

Este egoísmo 1.0 obliga a la creación de un nuevo estadio hedonista: el cuaderno de bitácora, el diario. Éste adopta múltiples formas, iniciándose en la definición journal (procedente de dos servidores míticos donde se alojaron los primeros, deadJournal y LiveJournal), y llegando al blog actual (que es exactamente lo mismo que un diario, sólo que el índice de usuarios que no hablan de su vida privada ni enseñan modelitos en fotografías falsamente naturales es mayor). La interacción pasa de ser a tiempo real en un chat a convertirse en un monólogo contínuo, una mostración exagerada y pretendidamente ejemplarizante, no tanto para los demás, sino para la imagen refinada y perfeccionada que de nosotros lanzamos y en último término, nos creemos. El chat se convierte en algo que exige demasiado tiempo, basta con postear algo rápido en tu journal, preferentemente una foto si eres mujer, la vagancia avanza. Y entra en juego el componente de la alimentación del ego: muchos años antes de que existiera Twitter, los journals tenían Friends, el estado primigenio del Follower actual. Bastaba el vistazo a tu página de amigos para comprobar el transcurso de la vida de esas personas que te añadían sin motivo aparente, y ante los que era una señal de completa mala educación no añadirles tú de vuelta.

El problema de la web 1.0 era que exigía también tiempo. Si uno acumulaba, pongamos, 60 friends, no era descabellado que 30 actualizaran ese día. Y que por lo menos, 15 tuvieran uno de esos días torcidos en los cuales te lías a escribir una reflexión filosóficopsicológica sobre el ser humano y sus bajezas sólo porque hoy llovía y dos transeúntes te han golpeado con el paraguas. Líneas y más líneas de profundidad lanzadas rápidamente al hiperespacio que describen un estado transitorio de tu psique.

Demasiado esfuerzo. Leer cansa. Casi tanto como crear lazos reales con una persona. Por eso se ha extendido ahora el lazo 2.0 entre las personas: las redes sociales y el microblogging. Ahora la amistad se circunscribe a una línea de texto que aparece en tu Facebook. Ahora ya no se envían cartas, se twittea. Todos conocemos la más reciente banalidad de nuestros conocidos. Pero nos desvinculamos a cada momento más de ellos, porque no podemos compartir una reflexión. La capacidad de sentarse y arreglar el mundo ya sólo se limita a un grupo de tu red social favorita. Cada vez más aislados, cada vez más incidentales, cada vez más conectados, cada vez más banales, más limitados, más aislados. La paradoja 2.0: tenemos más amigos que nunca, y seguimos estando condenadamente solos.

Cuando el voto se convierte en grito

Si esto fuera una columna barata, lanzaríamos epítetos hechos frase como

Algo Sucede En Centroeuropa

o quizá lo adornáramos con un titular del estilo

Crisis de los partidos tradicionales

En realidad es una mera cuestión de estilo. O de su carencia, en los casos anteriormente expuestos.

Las secciones de Internacional de ayer y hoy en la prensa hablan de dos hechos independientes, aislados y que tienen en común sólo dos detalles: uno, domingo de elecciones, y dos, sucedían en dos países centroeuropeos, Alemania (autonómicas, podríamos decir) y Austria (generales). Ambas noticias han aparecido en los medios sin interconexión mutua, aisladas, retratadas tan antagónicamente como la quinta derrota de la temporada del recién ascendido Sporting de Gijón y la nacionalización de Fortis.

Por un lado, el titular más mediático es el austriaco, puesto que hasta los seres unicelulares son capaces de ver la verdadera dimensión de los resultados electorales. Los dos grandes partidos llevaban tres años fagocitándose el poder en los palacios gubernamentales de la Ringstrasse, en las técnicas gitanescas de socavación inherentes a dos enemigos forzados a convivir en armonía, sacándose los intestinos como dos pitbulls en un cuarto oscuro, pero sonriendo y con corbata, como corresponde a todo un ser humano. La coprofagia institucional derivó en la incapacidad inicial para solventar los grandes temas de Estado primero, y las medidas concretas después.

Adorador de las esencias patrias

Adorador de las esencias patrias

El resultado, el de este domingo: hundimiento de ambos adoradores del terciopelo institucional, y los dos partidos de ultraderecha vuelven a acaparar líneas y titulares tras el imparable y paradigmático ascenso de 2000 de Jörg Haider. Las sanciones de la UE y aquel aislamiento no han servido de nada, porque la memoria del pueblo es frágil como las lágrimas de un futbolista de élite, y porque ninguno de los grandes partidos ha sido capaz de revocar esa patética sensación de fragilidad e inoperancia que echó gasolina sobre las brasas del descontento.

Justo al otro lado, en el estado federado limítrofe con Austria, Baviera celebraba elecciones.

[Como bien demuestra la historia, ambas regiones están unidas por lazos que van más allá de las fronteras: Hitler era un austriaco de frontera, que desde Berteschgaden observaba el horizonte que estaba dispuesto a unir a la fuerza, porque en su opinión los valores bávaros (y por ende alemanes) eran el espíritu real de Alemania, por delante de los estirados prusianos del Norte. Pero esa es otra historia.]

Beckstein, presidente de Baviera, jugando a la bavaridad

Beckstein, presidente de Baviera, jugando a la bavaridad

En Baviera, casi desde el fin de la segunda Guerra Mundial, gobierna el partido-institución CSU (Unión Social Cristiana), fundado por Strauß, gobierna Baviera desde finales de los cincuenta, y desde 1966 encadenando mayoría absoluta tras mayoría absoluta. Sin ir más lejos, en 2003 Stoiber sacó un 60,3% de votos, envidiable porcentaje hasta para presidentes autonómicos con discursos apocalípticos del agua y congresos búlgaros. Medio siglo de gobierno que este domingo ha recibido una bofetada: caída de 17 puntos hasta quedarse en sólo un 43% de los votos. Un partido acostumbrado al rodillo durante décadas que ahora tiene que hacer algo que no sabe hacer: negociar y escuchar. “El CSU no ha perdido las elecciones: es que ahora Baviera quiere que compartamos el poder”, ha afirmado revestido de inoperancia e incapacidad política Huber, presidente del partido, en unas declaraciones que demuestran por qué el CSU ha caído de esa manera: de ser un concepto casi transideológico -es difícil discrepar ideológicamente en un estado profundamente católico, cerrado y donde se prima la riqueza material del ciudadano- común a todos los bávaros, a ser el ejemplo del amodorramiento unitario del estado más rico dentro de Alemania.

Los dos resultados electorales de ambos estados ofrecen lecturas absolutamente simétricas: partidos grandes automasturbatorios que caen y ceden el campo a partidos minoritarios. ¿Erosión en el poder? En parte. Pero no pueden explicarse sin un nuevo concepto: el voto como protesta. El voto como grito. El voto como escupitajo.

Estamos arrancando, desde Centroeuropa, un movimiento de incalculables efectos.

El voto como acción anarquista.

Reconozcamos ciertos hechos: el voto del miedo ya no existe. Desde los albores de la democracia se utiliza el miedo como arma, que vienen los fachas, que vienen los comunistas, que vienen los integristas, que vienen los musulmanes, que vienen los negros, que vienen los abortistas. Es decir: desde los partidos y los gobiernos se ha supeditado el ejercicio de elección democrática a una acción de defensa o de ataque, olvidando cualidades programáticas o la simple posibilidad de la opinión relativa: esa que dice que ninguno de nosotros somos algo perteneciente a una ideología, sino personas variables y fragmentarias con ideas dispares difíciles de catalogar en un nicho de mercado o ideológico. Desde el discurso del miedo se genera la acción por reacción: una reacción controlada y acorde a los mecanismos de poder que se alternan los grandes partidos sin grandes estridencias salvo las formales. Las necesarias para mantener el circo, la ideología del miedo. Durante mucho tiempo ha dado resultado. Los antagonismos izquierda-derecha y sus múltiples azuzamientos panicales han llevado a los grandes partidos a borrar lentamente los claros y gruesos límites que les separan dialécticamente para subvertirse a una nueva ideología: el reparto del poder, la colocación de asesores afines a los que se les debe favores, la tecnocracia en vez de la democracia.

Sin embargo, como el bipartidismo del siglo XIX, ese horizonte tiene un punto final. El que acaba de nacer en Centroeuropa: el voto como alarido. La protesta clara, el mensaje directo: un gigantesco No. La renovación directa de unos cuadros políticos anquilosados, corruptos, podridos y estancados en el lodazal que sus propias defecciones han creado.

El hecho es claro y existe de manera indiscutible. En los resultados bávaros han aparecido por primera vez los Freie Wähler (Electores Libres) con un 10%, un ascenso notable de los Verdes (9%) y del FDP (8%), y casi el nuevo partido de la izquierda, Die Linke, entra en el parlamento con un 4’8%, milagroso porcentaje en un estado nacionalcatólico cuya ortodoxia pura es el BMW y la nómina. Asimismo, en el otro lado de la balanza, tenemos ese salvaje 30% acumulado entre los dos partidos de extrema derecha austriacos, FPÖ y el nuevo BZÖ, creado por Haider a su imagen y semejanza tras su salida accidentada del FPÖ. Y en las elecciones comunales de muchos estados alemanes encuadrados en la antigua parte comunista, el ascenso de las extremas -extrema izquierda y la extrema derecha, el NPD, con representación histórica en varios parlamentos regionales-.

Sin embargo, lo que sí es discutible es si los electores serán capaces de discernir entre la destrucción renovadora y la destrucción involutiva. El voto como rebelión, como protesta, existe. Ya ha sido creado y canalizado, y su onda expansiva alcanzará al resto de Europa probablemente en los próximos cinco años.

La pregunta es, ¿tendrá la sociedad, desencantada de inoperancia y de palabrería hueca, la capacidad de separar un voto de protesta de un voto que alimenta a un lobo que nos coma a todos por los pies?

La última vez que la sociedad centroeuropea respondió a esta pregunta, fue en 1933.

Quizá ahora sea cuestión de que grite todo el electorado del resto de Europa, para dirigir este descontento en la dirección correcta. La sociedad civil camina entre el descontento y el temor, el asco y la esperanza. Quiere ser europeo, pero seguimos temiendo a los inmigrantes y sacamos al ejército para expulsarlos. Queremos quemar sucursales bancarias, pero nadie se queja cuando suben las comisiones de los cajeros. El paradigma europeo, el relativismo de saber que todo nuestro malestar no es más que un grano ínfimo en el universo, genera la terrible posibilidad de mejorarlo drásticamente o volarlo por los aires. De todos nosotros depende que eliminemos una política nauseabunda, que prioriza donar dinero a los bancos que acabar con el hambre, pero también del compromiso de todos depende no dejar que esa arcada política no sea eliminada con el acero de los cuchillos y el fuego de las esencias inexistentes de las razas.

Freiheit stribt durch Sicherheit

En muchos balcones de Berlín cuelga esta frase. La Libertad Muere Por La Seguridad. La capital contestataria de la primera potencia exportadora mundial, con un 20% de población extranjera, ya mostraba en ventanas y terrazas esta frase mucho antes de que se destapara el último escándalo de espionaje empresarial, patrocinado en esta ocasión por Lidl.

Lidl, el segundo mayor supermercado de descuento en Alemania, espiaba desde 2006 a sus empleados mediante la instalación de microcámaras ocultas y la contratación de detectives, quienes recorrían muchas de las filiales de la empresa en diversos Länder del país. Sus funciones iniciales eran detectar los errores del personal que facilitaban los pequeños hurtos, típicos de todo supermercado (que en Lidl tenían dimensiones colosales: cada año desaparecía un 8% de su mercancía en circunstancias no aclaradas).

Pero es difícil detenerse en un punto concreto si nadie te frena.

Poco a poco, los detectives ampliaron su radio de acción y marcaban, con precisión endiablada, en un informe todo comportamiento “anormal”, lo cual pasaba desde quién no recogía un cartón en un pasillo, quién no reponía mercancía correctamente, hasta errores graves que los dueños de la empresa no podían pasar por alto:

“La señora N. tiene ambos antebrazos con tatuajes, los cuales parecen más bien de origen casero; ello podría ser catalogado como “tatuajes de presidio”, especialmente para los clientes de edad avanzada. Se debe advertir a la señora N. que durante su jornada de trabajo, y especialmente en la caja, debe mantener tapados sus antebrazos.”

“Conversan en polaco entre sí, ¡aunque haya clientes delante!”

Grave. Gravísimo tener tatuajes de apariencia no cara (curiosa paradoja cuando hablamos de una cadena de supermercados que no destaca precisamente por el cuidado de las apariencias de sus productos ni de sus lineales), o que dos trabajadoras del país vecino hablen en un idioma que cualquier cliente no pueda entender.

Lo grave, sin embargo, no es eso.

Lo grave es leer:

“La señora C y la señora S abandonan la filial para dirigirse a un curso de la empresa en Braunschweig. Ambas se manifiestan de forma negativa contra la mencionada formación. No comprenden la finalidad ni el sentido (de dicha formación); ambas esperan que el tiempo transcurra lo más rápido posible, y descartan de antemano una participación activa en la formación.”

“La señorita T habla telefónicamente con su novio sobre una cena conjunta. Pese a saber que el supermercado está lleno de gente y que todavía le quedan tareas por realizar, le promete que saldrá puntualmente, lo cual hace a las 15h.”

Prescindamos de categorizaciones fáciles. Prescindamos de lo aparente. Olvidemos el escaparatismo. Lo sencillo aquí es ver el ataque contra las libertades individuales; pero hay que avanzar más. ¿Es sólo un ataque contra personas concretas, contra su intimidad, contra su profesionalidad, o es realmente un ataque más profundo, más inhumano?

Para el detective y para Lidl, lo grave no es tanto errores en el trabajo del día a día, que todos cometemos y que podemos corregir sin necesidad de que nos espíen. Para la empresa, lo grave es el desapego a la empresa, a la figura patriarcal del jefe de filial y por tanto a la jerarquía de mando. Lo grave es tener un pensamiento disidente cuando se le exige a un empleado que haga horas extra y se niega, atreviéndose a salir a su hora de salida. Lo grave para una empresa es que un empleado tenga una vida privada que antepone a lo demás, entendiéndose lo demás como los encargos que decida un señor con el cociente intelectual de un tejón bizco. Lo grave es la falta de entusiasmo, la falta de corporativismo, como si con la nómina se incluyera la cláusula contractual de amar la empresa sobre todas las cosas. Lo grave es que alguien conserve la cordura y se atreva a decir que una formación que le va a retener fuera de su hogar y de su ciudad en fin de semana, perdiendo tiempo libre, es una idiotez sin sentido.

La anulación del individuo, pues, no es más que una consecuencia, no el leit-motiv. Eso es lo atroz. Porque la empresa da por hecha la entrega sin condiciones, y no sólo la da por hecha, sino que persigue cualquier atisbo de disidencia.

Lo de menos es qué empresa ha hecho esto, en realidad.

Porque en la empresa del siglo XXI, lo importante es exhibir un corporativismo de cartón-piedra si quiere sobrevivir. No importan minucias como el talento, la capacidad de resolver problemas. Sólo hay dos variables: cuántos culos se lamen y si cobras lo suficientemente poco como para no encontrar a alguien que haga tu trabajo por un poco menos de dinero que tú. Naturalmente, todos tenemos que pagar hipotecas, así que tragamos, aguantamos y rezamos para no ser nosotros los siguientes en la lista.

Sólo nos puede salvar que a veces no hay listas, que disimulamos bien, pero esa reducida tropa de encorbatados que viven en las alturas saben que todo es un teatro, que ellos dicen respetarnos y no lo hacen, y que nosotros decimos respetarles y les despreciamos.

Por eso las cámaras. Por eso los ordenadores con internet capado. Por eso los horarios con tarjeta de fichar.

La excusa es la seguridad. Para Lidl, la seguridad de destapar fallos que permiten los hurtos que suceden todos los días. Y para nuestros gobiernos, la seguridad antiterrorista. El ministerio del Interior alemán aprobó hace poco más de un mes el registro online de ordenadores en caso de sospechas terroristas. “No es nada que la población tenga que temer”, llegó a decir Wolfgang Schäuble, ministro del Interior.

Eso quiere decir, si no ocultas nada no tienes nada que temer.

Eso quiere decir, si temes algo, es que ocultas algo, es que no eres uno de los buenos.

Día a día, nuestras libertades individuales son recortadas un milímetro más sin que nosotros hagamos nada por evitarlo. Transigimos silenciosos, esperando que no nos afecte, imaginando que no nos afecta. Ahora que nuestros pasaportes son escaneados y almacenados no sabemos dónde, nos resulta imposible imaginarnos ese pasado anterior a la Primera Guerra Mundial, cuando no existían los pasaportes y la gente (que pudiera pagárselo) simplemente se movía sin tener que mendigar visados, sin sentirse violados en los puestos fronterizos.

Lidl sólo es un diente del engranaje. Un diente que ahora afronta una brutal pérdida de imagen y probablemente demandas de sus trabajadores y compensaciones económicas astronómicas. Nada demasiado importante para Dieter Schwarz, el propietario, el cuarto hombre más rico de Alemania, con una fortuna estimada de 10.000 millones de euros.

Lidl es sólo el supermercado barato que tenía una minired de espionaje de bajo coste. Imaginad qué no hará un gobierno, un ministerio del Interior.

Y Orwell ya está demasiado muerto como para gritar, La libertad muere por la seguridad.

Culturas de la muerte

Así dicho asusta un poco, ¿verdad? La Muerte. Buf, buf, dirás mientras empiezas a mover los dedos para pasar de página. Pues sobre eso queremos hablar: de cómo se toman la muerte en otros lugares y cómo nos la tomamos aquí. Y no, no salimos ganando en la comparación.

Por Thomas Bernhard.

Hecho cierto número uno: a todos nos asusta la muerte. Es algo inevitable con lo que convivimos a diario, pero tratamos por todos los medios de que no nos toque, que no entre en las conversaciones del día a día. La ignoramos. Compramos ropa nueva, cambiamos de móvil, de peinado, de pareja. Jugamos a cualquier lotería para volver a empezar nuestra vida. Pero nada de eso puede borrar una certeza en la que nos negamos a pensar: un día morirás. ¿Y qué ocurre desde ese momento?

Obviemos las ceremonias innovadoras importadas de las películas americanas, con lanzamiento de cenizas al viento o al mar. Aunque la Constitución diga que somos un país aconfesional (ejem), la mayoría opta por el entierro tradicional de tumba, sepulcro o nicho. Y para eso existen los cementerios, que cobran dimensiones ciclópeas en ciudades como Madrid. Un Primero de Noviembre en La Almudena es lo más parecido al primer día de rebajas. El dolor se aglomera, la tristeza se da de empujones con cientos de tristezas que sólo se hacen reales ese día. Todo se trivializa y se dramatiza a la vez. Ésas son las Necrópolis, supermercados de la jardinería ocasional, ciudades fundadas entorno al dolor.

Hecho Cierto Número Dos: en España rendimos culto al Dolor, con mayúsculas. Más de la mitad de la programación televisiva habla de sucesos. Es nuestra herencia latina, por muy europeos que queramos ser. Es aburrido recurrir a los tópicos, pero cuando pensamos en un entierro italiano, las películas que hemos visto nos ponen en la cabeza una comitiva llena de mujeres gritando y haciendo aspavientos. Y en España hasta hace bien poco también era así: ahora nos hemos “civilizado”, y en vez de tener plañideras en los sepelios, tenemos urnas con cenizas. Pero sólo hay que salir de las capitales para encontrar un entierro solemne y lleno de ostensibles muestras de tristeza y llanto. Como los de antes.

Hecho Cierto Numero Tres: el dolor es universal, pero la forma de demostrarlo cambia. Y ahí es donde nacen las diferentes Culturas de la Muerte. Con seguridad ya habrás viajado a una gran ciudad europea, pero probablemente no hayas reparado en cómo son sus cementerios. Por muy gótico que se pueda ser, nadie viaja para ver tumbas. Pero basta dar un paseo por determinadas ciudades para observar que no necesitan edificar macrocementerios donde acumular los féretros. Mejor dicho: que han decidido conservar los pequeños cementerios de toda la vida e integrarlos en la nueva realidad, en vez de especular con el terreno y llevarse los restos a una necrópolis del extrarradio. Igualito que aquí.

En Berlín, Londres, París o incluso en Nueva York, los cementerios son parte del paisaje urbano, pequeños y ajardinados, remansos de paz concebidos como un lugar abierto para la reflexión o simplemente, como una zona verde. Nada de una inmensa explanada de terreno simétrico donde las tumbas parecen delineadas por Leni Riefensthal. Muchos y pequeños, contra uno y grande. Originalmente, la mayoría de estos pequeños cementerios datan de los siglos XVII en adelante, cuando eran terrenos adyacentes a iglesias o conventos, y por tanto, lugares apropiados para hacer enterramientos de miembros de la comunidad o monjes. Con el tiempo, se fueron abriendo al público en general, lo cual para muchos significó la desaparición por no ser “rentables”. Pero para otros muchos, fue la forma de sobrevivir, ya que al crecer la ciudad, se necesitaban esos terrenos como zona verde.

Zona verde primando sobre otros criterios. Eran otros tiempos.

Hoy en día, nadie se plantea visitar un cementerio a menos que tenga un familiar enterrado allí, o que tenga la tumba de alguna estrella famosa (Jim Morrison, el cantante de The Doors, está enterrado en el cementerio de Père Lachaise, en París, y es la cuarta atracción más visitada tras la Torre Eiffel, Nôtre Dame y el Centro Pompidou). Sin embargo, son un refugio para aquellos a quienes les molesta el bullicio de los parques y el desenfado de los almuerzos al aire libre: no son un lugar tétrico, sino un sitio silencioso con bancos en los que sentarse a leer un libro, a observar a los pájaros, a pensar o a no hacer nada. Otro ritmo en el desenfreno de una gran ciudad.

Porque no todo en la vida es internet, tiendas de ropa y el último disco de los Arctic Monkeys tío, que es total. Porque un día morirás. Y conviene recordárselo cada cierto tiempo, en silencio, en el banco de un viejo cementerio, para darse cuenta de lo verdaderamente importante.

Esto. Ahora.