El poema de Günter Grass

Siempre he pensado que la poesía es algo indescifrable que te abofetea. Puede ser esa clase de bofetada maravillosa, como si te tocara la lotería, o una de esas bofetadas impenitentes que te confrontan con algo que no quieres leer.

Ni admitir.

grass israel iran poema

Hoy Günter Grass ha sacado el látigo y lo ha travestido de poema. Was gesagt werden muss. Lo que debe decirse. “Lo que hay que decir”, en palabras de Miguel Sáenz, su traductor.

Es un poema difícil, como suelen ser los poemas de Grass, que siempre ha sido mejor novelista que poeta. Un poema con una estructura que a los acostumbrados a las lenguas románicas nos resulta distante y monologal, un poema que pierde bastante fuerza en la traducción -pese a que Miguel Sáenz es El Traductor de Grass-, y que, todo hay que decirlo, como poema es malo.

Pero eso no es relevante para la historia que nos ocupa. Es un poema de un alemán, con una trayectoria fuera de toda duda -por mucho que se haya intentado desprestigiarle por la confesión recogida en su autobiografía “Pelando la cebolla”-, que se ha atrevido a decir en voz alta y de forma pública algo tabú para el pueblo alemán:

Porque hay que decir
lo que mañana podría ser demasiado tarde,
y porque —suficientemente incriminados como alemanes—
podríamos ser cómplices de un crimen
que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa
no podría extinguirse
con ninguna de las excusas habituales.

Evidentemente, un asunto tan nacional ha concitado una unidad nacional en contra de Grass. El taz (periódico de tendencia izquierdista-verde) habla de “la miseria de un autor” que “falsifica los hechos“. El jefe de la Comisión de Exteriores del parlamento alemán (Bundestag), el democristiano Ruprecht Polenz (CDU), acusa a Grass de “confundir la causa con el efecto” y de “fabricar” un contexto internacional que “no se corresponde con la realidad”. El partido socialdemócrata (SPD), por boca de la secretaria general Andrea Nahles, también se ha pronunciado calificando el poema de “irritante y desproporcionado“. En el ministerio de Exteriores israelí consideran que el poema de Grass es una “obra de ciencia ficción de calidad lamentable” y de “un evidente mal gusto”. Pero la opinión más reveladora, en mi opinión, es la del gerente parlamentario de Los Verdes, Volker Beck, quien ha acusado a Grass de “contribuir al prejuicio antisemita” según el cual criticar a Israel “sería un tabú”. Para Beck, no hay tal tabú, de modo que “el poema se descalifica a sí mismo como contribución al debate”.

No hay tabú, pero criticar a Israel es un prejuicio antisemita. Un ejercicio de retórica impecable. Y desvergonzado.

Lo que Grass expone es algo muy claro: no, el hecho de ser alemanes y de haber cometido una atrocidad enorme en el pasado no nos puede callar, ni otorga un cheque en blanco a los israelíes para hacer lo que quieran, como quieran, cuando quieran. Y eso debe decirse. Y eso no supone -como el frentismo infiere- que decir eso es defender a Irán ni sus erráticas políticas populistas. Y que del hecho de no estar de acuerdo con Ahmadineyad no debe inferirse tampoco el cheque en blanco a Israel, y mucho menos viniendo de Alemania. Y eso también debe decirse.

Debe decirse en un país donde la culpa histórica y la autoflagelación por el pasado se ha enquistado. Y no es sólo una percepción de Grass: es un hecho que puedes constatar si vienes a Berlín. Puedes caminar tranquilamente por Mitte y de repente encontrarte con una valla en mitad de la acera que te obliga a cruzar la calle para dar un rodeo a algo. Ese algo es una sinagoga. O un centro judío. O simplemente una cafetería kosher. Tienes una valla y dos corpulentos policías haciendo guardia las 24 horas del día, 7 días a la semana. Para protegerles. No sabes bien de qué a estas alturas, si ya el pueblo alemán está, como dice Grass, suficientemente incriminado por la Historia.

Siempre recordaré una anécdota berlinesa. Un día estaba tomando un cappuccino horrible en el Keyzer Sozé, junto a uno de los ventanales. El que daba a una juguetería judía. Sabía que era judía porque ellos mismos tenían un par de estrellas de David en el escaparate. Y porque había tres coches de policía en la puerta. Tomando huellas y recogiendo muestras de adn. La noche anterior alguien había escupido en el cristal, varias veces. Un ataque en toda regla que debía ser investigado. Era sin embargo un mero detalle aleatorio que todos los demás escaparates de las tiendas circundantes tenían escupitajos también: una tienda de muebles, una guardería y una galería de arte. Pero sólo estaban tomando muestras de la juguetería.

Pero la culpa. Pero la apariencia. Pero la corrección absoluta. Pero la histeria, especialidad israelí.

Las excusas habituales.

Lo que Grass pone sobre la mesa es algo importante: es nuestro deber decir que algo está mal, sea cual haya sido nuestro pasado. Eso no nos puede quitar la Palabra. Nosotros ya no somos ellos (los que cometieron las atrocidades), ni ellos (los que sufrieron y sobrevivieron) son ya estos. Y sobre todo, decir eso no nos convierte en antisemitas, que es un insulto tan trasnochado a estas alturas como neocon o perroflauta.

Y mientras Grass plantea, como siempre ha hecho en sus obras, preguntas incómodas, un artículo del diario berlinés Die Welt, firmado por Henryk M. Broder (cuyos padres sobrevivieron a los campos de exterminio nazis), afirma que Grass siempre ha tenido un problema con los judíos“.

Difama, que algo queda en los tiempos del pensamiento único.

“Afganistán: llámelo equis, pero sigue siendo una guerra” ©Paracaidista

Vuelvo de unas minivacaciones y me entero que la OTAN ha vuelto a hacer de las suyas. Pero claro, como estaba de vacaciones, no me he enterado bien. Hasta que he leído este artículo, el cual reproduzco:

“Un bombardeo de la OTAN vuelve a causar una masacre indiscriminada. España enviará más soldados a la equis.

Después de leer durante dos días la noticia en diversos medios españoles e internacionales, después también de haberla escuchado en diferentes boletines radiofónicos y hasta en las noticias televisadas, trato de recapacitar para comprobar qué información ha asumido mi cerebro, qué es lo queda en la orilla cuando la ola se retira o se suprime el estímulo directo. Porque algo no me cuadra.

Esto es lo que retengo: el viernes, dos aviones de la OTAN, a petición o comando de las fuerzas alemanas en la región, bombardearon un convoy de gasolina secuestrado por talibanes, causando un número indeterminado de muertos, que unas fuentes cifran en torno a cincuenta y otras alrededor de ciento veinticinco. Puesto que los camiones habían quedado embarrancados en un arenal y, al parecer, muchos civiles se habían acercado para abastecerse de combustible o colaborar más o menos voluntariamente en la tarea de liberar los vehículos, no es posible determinar a ciencia cierta cuántos de los fallecidos son “insurgentes” (merecedores, por tanto, de la muerte; eliminables sin el menor revuelo de la opinión pública occidental) y cuántos simples ciudadanos afganos (cuya colateralidad levanta siempre ampollas entre el sector más crítico o sentimentalizado de la población y que, sobre todo, dificulta a los diferentes gobiernos la justificación de las operaciones armadas en el extranjero).

Esta pequeña imprecisión, unida a la desproporción del procedimiento, ha provocado algunas previsibles reacciones: los de siempre se echan las manos a la cabeza y cuestionan el operativo, exigen explicaciones al Secretario General de la OTAN, quién garantiza se llevará a cabo la pertinente investigación y pide comprensión ya que, lamentablemente, como los insurgentes no llevan uniforme, resulta difícil distinguirlos del resto de los ciudadanos y, por ende, de mujeres, ancianos y niños. ¡Para colmo, la visibilidad nocturna en los F15-E es muy limitada!.

El ejecutivo alemán, por su parte, sin aportar evidencia alguna de ello (¿para qué?, después de Irak ha quedado claro que no hace falta), no vacila en asegurar que el combustible robado iba a utilizarse en atentados suicidas contra su destacamento, justificando así hábilmente la drástica intervención militar. Aludir a “atentado suicida” es todo un acierto, pues nada nos aterroriza más a los civilizados occidentales que esa expresión de violencia a nuestros ojos irracional, fanática, imprevisible y, lo que es peor, imposible de controlar. (En esta época en que las únicas bajas en combate que deben impedirse a toda costa son las de los soldados, olvidamos que la función de todo jefe de ejército ha sido siempre inmolar unidades, enviar a una muerte segura -y disciplinadamente aceptada: se fusila a los desertores- a un contingente de guerreros para equilibrar la batalla, sacrificar una parte para salvar el todo).

En definitiva: la OTAN recibe presiones que proceden incluso de los gabinetes europeos (algunos de ellos acaban de aprobar el aumento de la dotación de tropas en la zona; otros, el propio gobierno alemán, están envueltos en sensibles procesos electorales), reconoce que probablemente se han excedido, pero que la finalidad del ataque no era otra que cumplir su mandato y salvaguardar la seguridad en la zona, protegiendo a los afganos. Fin.

Esto es cuanto he asimilado, lo que -entreverado de opinión personal, contaminado por mis vicios y afecciones de receptor activo-, logro reformular. ¿Por qué me indigna tanto? ¿Por qué me parece tan grave? Creo que lo que me irrita particularmente es no saber, como le pasa al presidente Zapatero, si en Afganistán hay o no una guerra, aunque sólo sea una guerra contra el terrorismo. Si lo supiera, podría catalogar lo sucedido (chapuza bélica o inadmisible acto delictivo), vislumbrar el porqué de la aparente impunidad con que la OTAN se permite hacer uso de su arsenal sobre la población civil.

A lo mejor, como le pasa a nuestro presidente (y parece una maladie extendida entre los mandatarios), no me he enterado bien de qué va esto, o puede que no sea sino uno más de esos sentimentales blandos, quisquillosos, dispuestos a montar un escándalo por cualquier nimiedad… Aplicando la prueba del nueve periodística, el método de las seis uves dobles (who, what, when, where, why, how), compruebo que hay algunos aspectos que, en efecto, no están nada claros, mientras que otros lo están meridianamente, sólo que el lenguaje utilizado para referirse a ellos nos guarece, como una madre hiperprotectora, de la realidad.

Veamos. Qué, dónde y cuándo no presentan mayores problemas: Kunduz, Afganistán, lejos; viernes cuatro de septiembre, 2:32 de la madrugada; ataque desproporcionado y negligente de la OTAN y la fuerza internacional con la consecuencia de numerosas bajas civiles. Cómo: dos bombas de unas 500 libras (227 kg) cada una, lanzadas desde aviones norteamericanos sobre dos camiones cisterna llenos de combustible, en torno a los cuales bullen más de un centenar de personas, sin molestarse en averiguar primero a quién están aniquilando.

¿Quién? Aquí empiezan las dificultades. ¿A quién le sucedió? ¿De quién se trata? Talibanes, insurgentes que amenazan la legalidad democrática establecida después de que la comunidad internacional pusiera fin a su propia y despótica tiranía. No eran, por tanto, simples ladrones de gasolina, ni siquiera sospechosos muy peligrosos, sino enemigos declarados, enemigos mortales a los que, en una guerra, se les puede y debe bombardear sin ningún reparo.

Porque en Afganistán hay una guerra, y ésta es una de esas realidades desagradables que el lenguaje de los medios y los políticos, cada vez más una y la misma cosa, contribuye a hacer digerible. La Wikipedia, al menos, lo tiene claro: guerra en Afganistán (2001-presente). El tiro sale por la culata cuando, después de tanto hablar de misiones de protección, de mandatos de la ONU, de fuerzas de pacificación, etc. se produce una acción genuinamente guerrera y la gente de bien, familiarizada con el respeto a la vida y el derecho, se alborota y escandaliza; cosa que no ocurriría si el presidente Zapatero, en lugar de decir que España va a enviar tropas a Afganistán para “reforzar la seguridad”, dijera: vamos a mandar 200 soldados españoles más a una guerra en la que, como es natural, hay enemigos (insurgentes) que intentarán matarlos, pero también ellos podrán matar a su vez a los enemigos (insurgentes) que sea preciso. De esta manera, a nadie le resultarían extraños los bombardeos indiscriminados; nuestra castigada experiencia los catalogaría como actos convencionales de guerra y, por lo tanto, dentro de la normalidad, al igual que sería normal y no una dolorosa eventualidad el fallecimiento en acto de servicio de uno de los nuestros.

Al Presidente, sin embargo, le parece “absurdo” debatir si Afganistán es o no un país en guerra, de manera que nos quedaremos sin saber si los aproximadamente 200 civiles muertos entre enero y julio de este año por bombardeos de la ISAF (International Security Assistance Force, cuyos ataques aéreos son, junto a los atentados suicidas, la mayor fuente de peligro para la población civil) son víctimas de un conflicto armado o engrosan una hiperbólica estadística de inseguridad ciudadana.

Éstos que han muerto ayer, bombardeados por nosotros, por la fuerza de estabilización (o como queramos llamar a nuestra facción), ¿quienes eran? Me gustaría conocer sus nombres, aunque para empezar no estaría mal que nos dijeran su número exacto; me gustaría saber que se ha confeccionado un documento con nombres y apellidos, como esas funestas listas que se elaboran enseguida cuando se estrella un avión lleno de europeos o cuando las víctimas del terror son primermundistas. Los que han tirado las bombas, obedeciendo órdenes del ejército alemán (¡por fin les han dejado volver a participar en guerras!), ¿quiénes eran? En una guerra no hace falta explicar quien tira cada bomba, pero si no es una guerra deberíamos saberlo. ¿Quién dio la orden? ¿Quiénes planearon y autorizaron el ataque? ¿Quién lo llevó a cabo? ¿Quién sabía que iba a producirse? ¿Quién es el responsable? ¿Quién decide que tales acciones son lícitas, que puede liquidarse expeditivamente a cualquier sospechoso de insurgencia? Saber esto será sin duda más fácil que identificar los cuerpos carbonizados de unas decenas de parias; si alguien tuviera interés en depurar responsabilidades, bastaría con consultar un organigrama.

Y queda la última pregunta ¿Por qué? ¿Por qué sucedió? ¿Por qué sigue sucediendo y volverá a suceder de nuevo? No me siento capaz de responder a esto. Ni creo que el presidente Zapatero, ni el mismísimo general McChrystal, jefe de las tropas de la OTAN en Afganistán, que en ágil movimiento de contrición se apresuró a visitar en el hospital a los heridos a los que se le supone encargado de proteger, estén en condiciones de hacerlo.

© Paracaidista

Artículo original aquí

Elecciones en Alemania: las urnas como laboratorio político

El mejor indicador termopolítico no es una estadística, ni una encuesta, ni siquiera un artículo de prensa o un reportaje. Es la Prueba del Padre.

El Padre es aquella figura que cada domingo madruga sin necesidad de hacerlo, y baja a comprar la prensa con la reverencia que destilan las personas que durante años no compraron prensa porque no era libre. El Padre puede ser tu propio padre, o un familiar cercano, o ese señor que se sienta en el banco de la plaza cada domingo a leer la prensa. El Padre es aquel que, sin ser un experto en política, deportes, economía o internacional, desprende un conocimiento general cincelado a fuerza de leer prensa durante años que le hace reconocer los acontecimientos importantes de los que son mero ruido comunicativo.

Hoy, bastaría hacer la Prueba del Padre caminando por la plaza para saber que es un día importante en Europa. Porque hay domingos donde el Padre está más relajado, con una media sonrisa y dejando que el sol le toque la cara mientras lee. Pero hoy está más encorvado hacia delante, el ceño más fruncido, el gesto más tenso. Porque hay elecciones locales y federales en Alemania, a cuatro semanas vista de las elecciones para la Cancillería. Sajonia, Turingia y el minúsculo estado federal del Sarre celebran elecciones que van a ser claramente un espejo en el que medir resultados para dentro de un mes, y sobre todo, alianzas de gobierno que serán a todas luces necesarias.

Tomemos el Delorean para viajar cuatro años atrás en el tiempo.

2005. Elecciones a la Cancillería. La erosión política de Schröder, canciller del SPD (Partido Socialdemócrata Alemán), le presenta ante el electorado como acabado tras 7 años en el poder y aprobar toda clase de recortes sociales que minaron la enorme base social con la que accedió al poder. La campaña arranca con Angela Merkel, candidata del CDU (Partido Democristiano Alemán), con más de 15 puntos de ventaja; pese a su absoluta inexperiencia en tareas serias de gobierno, Merkel ha logrado ganarse las simpatías de muchos alemanes, más allá de su ideología política, por haber conseguido la jefatura de un partido tan rígido como el CDU siendo una mujer, y procediendo además de la antigua Alemania del Este. Merkel, pese a estos logros objetivos, no consigue conectar con el electorado, mientras que Schröder hace una campaña agresiva y efectiva, infundiendo el “miedo a la derecha”, que obra el milagro: el día de las elecciones, decenas de miles de personas que, desencantados con sus políticas neoliberales, juraron que jamás volverían a votar al SPD, lo hicieron para frenar a Merkel y el peligro que suponía, consiguiendo que CDU y SPD presenten un empate técnico a escaños en el Bundestag (parlamento alemán). En la sede del CDU, que había conseguido un espectacular aumento de votos, reinaba un ambiente de funeral, mientras que en la del SPD, que había caído notoriamente, imperaba una alegría que rayaba en lo irreflexivo. Esa noche, Schröder cometió el error de presentarse como vencedor, y de humillar públicamente a Merkel diciéndole que “ni se le ocurra pensarlo: no vamos a pactar con usted“. Muchos interpretaron esas palabras como una afrenta, un gesto innecesario que jamás se hubiera atrevido a lanzar de haber sido Merkel un hombre. Las simpatías empezaron a deslizarse claramente hacia Merkel en las semanas posteriores a las elecciones (donde cientos de encuestas preguntaron a la nación qué salida cabía, si nuevas elecciones o un gobierno de unidad nacional), forzando al SPD a apartar de la primera línea política al excanciller Schröder y a quedar expuesto a la voluntad del CDU.

Merkel ahí demostró por qué había conseguido la jefatura del CDU: utilizó las encuestas para marcar el tempo político. Mientras muchos la presionaban para formar un Gobierno Jamaica (en Alemania, los partidos políticos tienen colores, y Jamaica sería el CDU (democristianos de derecha, negro), FDP (liberales, amarillo) y Die Grüne (los verdes, evidentemente verde), Merkel analizó la situación política de una forma impecable: era mucho más inteligente formar una gran coalición con el SPD. De esta manera, anularía gran parte de su base social, que jamás perdonaría a los dirigentes del SPD haberse bajado los pantalones ante el CDU, y a su vez, robaría las iniciativas socialdemócratas del gobierno para atribuírselas y darle al CDU un perfil social que jamás había tenido en 60 años de historia.

El tiempo ha dado la razón a Merkel: la entrada en el gobierno del SPD ha destruido su respaldo social y ha sumergido al partido en una gran crisis de identidad que se ha saldado con tres candidatos oficiales a Canciller en cuatro años (Mathias Platzeck, Kurt Beck y ahora Frank Walter Steinmeyer), además de reforzar en el electorado la impresión de que todas las medidas sociales del gobierno en la pasada legislatura no han provenido del SPD, sino del CDU.

El resultado: a cuatro semanas de las elecciones, el SPD se mantiene alejadísimo de cualquier opción de volver a la Cancillería, perdido a 14 puntos del CDU, quien obtendría entre un 37 y un 40% de los votos. Ante este panorama, las palabras que más se escuchan en cualquier tertulia política son Schwarz-Gelb (negro-amarillo), la coalición soñada con liberales que permitiría al CDU aplicar a cuchillo todas las medidas de desmantelamiento del estado del Bienestar y dinamización de la economía que pretende.

Pero antes de llegar ahí, la primera prueba de fuego es este fin de semana: elecciones federales en el Sarre, Turingia y Sajonia, y elecciones locales en Renania del Norte-Westfalia. Naturalmente, los resultados serán siempre de alcance reducido, debido a las particularidades de estos estados, pero los analistas políticos están expectantes: ellos también han hecho la prueba del Padre, y el resultado es positivo.

Peter Müller (CDU) intentará mantenerse en el poder pactando con el FDP. ¿Será suficiente?

Peter Müller (CDU) intentará mantenerse en el poder pactando con el FDP. ¿Será suficiente?

En el Sarre, pequeña región fronteriza con Francia, el CDU ha gobernado en la última legislatura con un apoyo cercano a la mayoría absoluta. Sin embargo, la irrupción del partido de izquierda Die Linke a nivel federal, capitaneado por Oskar Lafontaine (ex-primer ministro del Sarre, por entonces en el SPD y el cual abandonó ante su deriva centrista), ha desestabilizado el reparto clásico de votos. Die Linke le robará un buen porcentaje de votos al SPD, pero indirectamente hará aumentar el porcentaje total de votos a la izquierda, robando base al CDU, que necesitaría una coalición para mantenerse en el poder. El ligero aumento del FDP puede asegurar la mayoría, y servir de primer ensayo al pacto federal que se presume en Octubre. Atención al NPD: el partido neofascista rozó el 4% en las pasadas elecciones, y podría rozar la entrada en el parlamento del estado federado, aunque se presume improbable.

>>> PREVISIÓN DE VOTO EN SAARLAND (SARRE)

CDU 38% || SPD 26% || Linke 15% || FDP 9% || Grüne 6% || otros 6%

Holger Apfel celebra la entrada en el parlamento sajón en 2005 con un gesto... casual

Holger Apfel celebra la entrada en el parlamento sajón en 2004 con un gesto... casual

En Sajonia, las cosas se presumen, como poco, más ásperas. El CDU ha sido, desde el hundimiento de la Alemania comunista, la fuerza más votada en este estado del Este, uno de los más depauperados de todo el país, con una industria obsoleta y una tasa de paro cercana al 13%. Las dos grandes fuerzas siempre han sido el CDU y el antiguo PDS, heredero del SED (partido comunista único en los tiempos de la dictadura) y antecesor de Die Linke. Sin embargo, en las últimas elecciones el CDU perdió más del 15% de votos y se vio obligado a trasladar al parlamento sajón la Gran Coalición con el SPD, fuerza aquí minoritaria pero suyo apoyo aseguraba la gobernabilidad en un estado problemático y extremo: los postcomunistas suman casi el 24% de los votos, y el partido neofascista NPD obtuvo en 2005 el 9’2% de los votos y 8 diputados. En las elecciones de hoy, el NPD parece hundirse por debajo de la línea del 5%, lo cual le dejaría fuera del parlamento, mientras el FDP doblaría su porcentaje. Encaje de bolillos espera mañana a las fuerzas políticas sajonas.

>>> PREVISIÓN DE VOTO EN SACHSEN (SAJONIA)

CDU 38% || Linke 21% || SPD 13% || FDP 11’5% || Grüne 6% || NPD 4’5% || otros 6%

En Turingia, el otro ex-estado-del-Este que celebra elecciones, el mapa político parece ampliarse en estas elecciones: en 2004, sólo el CDU, el SPD y Die Linke obtuvieron representación parlamentaria, quedando la mayoría absoluta en manos del CDU, pese al espectacular aumento de la izquierda postcomunista. Ahora, sin embargo, el hundimiento del partido democristiano hará imposible que mantenga el poder… al menos, en soledad. Verdes y liberales entrarían en el parlamento, abriendo las posibilidades para un pacto jamaicano. Quizá es la elección con menos emoción, dado que parece claro que CDU y FDP se entenderán con facilidad y pueden convencer a los Verdes de sumarse al Gobierno en su primera entrada en el parlamento federal. Y al menos, aquí el NPD no parece convencer a tanta gente como en otros estados, afortunadamente. No obstante, queda vigilar cómo reacciona el electorado ante los planes todavía frustrados de salvación de Opel, dado que es en este estado donde tiene una de sus sedes, y donde un posible cierre podría dejar a miles de personas en la calle si el gobierno de Merkel no maneja bien sus cartas.

>>> PREVISIÓN DE VOTO EN THÜRINGEN (TURINGIA)

CDU 34% || Linke 24% || SPD 19% || FDP 8% || Grüne 6% || otros 9%

La prueba del Padre funciona: si has llegado hasta aquí, estarás pensando en cómo todo esto puede influir a nivel alemán y europeo. La primera prueba está en marcha. Veamos hasta dónde llega el fuego.

La aligeración de la amistad

Cada mañana, el sol sale por el este y se pone por el oeste, y en ese intervalo de luz con partes de sombra, vive el ser humano. Constante como las excavadoras, la humanidad persigue la perpetuación de una rutina. La necesitamos para habitar esos espacios de hormigón y códigos postales que nos empeñamos en llamar ciudades. Pese a pretendernos urbanos, observamos el ancho de las aceras, las líneas de autobuses y las bocas de metro como elementos lanzados desde una nave espacial.

Por eso no los miramos. Por eso avanzamos por las mismas calles, calcando recorridos, colonizando los mismos bares. Necesitamos la rutina para cohesionarnos como individuos. La rutina y la socialización. Buscamos a los mismos amigos, generamos las cadenas de contactos necesarias para acostar con cierta regularidad un nuevo cuerpo en nuestra cama, para aumentar la memoria de la agenda del teléfono móvil.

Ampliar horizontes. Observar nuevos rostros. Escuchar nuevas palabras, que no son nuevas, sino sólo la boca que las pronuncia. O las escribe.

La llegada de internet al ciudadano medio le ofreció la última falacia del milenio: el mundo entero está a tus pies, puedes conocer a gente de todas las partes del mundo. Los 90 llegaban a su fin y proliferaron las páginas de FriendPals. Gente de todas las partes del mundo que dejaban su dirección física en páginas de internet, para conocer personas con las que cartearse. Cartas, sí, de papel, con letra, dirección y sello lamido. Miles de cartas viajaron a lugares absolutamente remotos y absurdos, gente de Mongolia carteándose con desconocidos norteamericanos, europeos escribiendo a Sudamérica, indios cruzando confidencias con rusos. Algo que parece hoy algo tan remoto como un libro de Tolstoi, un reloj de bolsillo o un hombre fumando en pipa.

Internet generó el primer movimiento de aligeración de la amistad: hablar con desconocidos, aunque manteniendo ese romanticismo de sentarse a una mesa, marcar con tu puño y letra pensamientos que pocas veces podían ser profundos, sino meros intentos de aproximación superficial -quién soy, dónde vivo, qué me gusta- legitimados por la distancia, la absoluta improbabilidad de conocerse algún día en persona, y a menudo la utilización de la linguafranca mundial en vez de tu lengua materna. No era difícil observar lo que luego se confirmaría en el siguiente estadio: el distanciamiento genera una suicida dosis de confianza.

Tras el movimiento de amigos-por-carta, llegó una versión más vaga y perezosa: los chats de mIRC. ¿Para qué molestarse en desplegar un folio, cargar una pluma de tinta -no lo neguemos, para escribir cartas a personas que apenas conocemos nos molestábamos en escribir con pluma- y sentarse a garabatear, pudiendo practicar la velocidad de digitación conectándonos a salas donde una conversación era imposible porque había 40 personas hablando a la vez? La tematización de los canales era sólo una excusa: la búsqueda de una amistad mejorada había emprendido su curso. Entiéndase con mejorada una de esas amistades que nada exigen, porque la distancia y una pantalla demandan poco de un ser humano. Mientras los amigos virtuales florecían, languidecían los compañeros que nos habían visto crecer, los grupos de siempre con los que salíamos los sábados por la noche porque ninguna otra cosa sabíamos hacer, instalados en el hábito, la rutina, la torpe necesidad de socializar a cualquier precio. La instauración de la tarifa plana telefónica generó la perpetuación de la posibilidad de conexión a internet, derivando indirectamente en la eterna posibilidad de hablar con esos desconocidos que siempre eran más interesantes, más profundos, más idénticos a nosotros mismos cuantas más horas pasábamos pendientes de sus letras.

El fenómeno de la proyección, que en las relaciones reales necesita de varios meses y conocimiento profundo, se acortaba gracias al chat. Y con él, el de la decepción, fenómeno este que no cambiaba los hábitos vitales de varias generaciones, que perseveraban en la búsqueda imprecisa de una amistad fin de siglo: amistad presuntamente profunda, pero en realidad vacua y esquiva de la realidad. Es en este estadio donde se genera la pereza que llega a nuestros días: tener amigos está muy bien, pero es muy cansado mantenerlos. Por eso se primaron las nuevas relaciones generadas a través de profundas y extensas conversaciones en ventanas privadas de chat por delante de ese amigo que se acaba de echar una novia un poco perra y está algo tonto, nada que no pudiera curar quizá una buena conversación frente a unas cervezas y tabaco en abundancia; pero ya da pereza. La vida acerca objetos y sujetos lejanos y aleja lo que siempre hemos tenido ahí. El mundo es demasiado grande para cerrarse puertas con viejos amigos desorientados.

Este egoísmo 1.0 obliga a la creación de un nuevo estadio hedonista: el cuaderno de bitácora, el diario. Éste adopta múltiples formas, iniciándose en la definición journal (procedente de dos servidores míticos donde se alojaron los primeros, deadJournal y LiveJournal), y llegando al blog actual (que es exactamente lo mismo que un diario, sólo que el índice de usuarios que no hablan de su vida privada ni enseñan modelitos en fotografías falsamente naturales es mayor). La interacción pasa de ser a tiempo real en un chat a convertirse en un monólogo contínuo, una mostración exagerada y pretendidamente ejemplarizante, no tanto para los demás, sino para la imagen refinada y perfeccionada que de nosotros lanzamos y en último término, nos creemos. El chat se convierte en algo que exige demasiado tiempo, basta con postear algo rápido en tu journal, preferentemente una foto si eres mujer, la vagancia avanza. Y entra en juego el componente de la alimentación del ego: muchos años antes de que existiera Twitter, los journals tenían Friends, el estado primigenio del Follower actual. Bastaba el vistazo a tu página de amigos para comprobar el transcurso de la vida de esas personas que te añadían sin motivo aparente, y ante los que era una señal de completa mala educación no añadirles tú de vuelta.

El problema de la web 1.0 era que exigía también tiempo. Si uno acumulaba, pongamos, 60 friends, no era descabellado que 30 actualizaran ese día. Y que por lo menos, 15 tuvieran uno de esos días torcidos en los cuales te lías a escribir una reflexión filosóficopsicológica sobre el ser humano y sus bajezas sólo porque hoy llovía y dos transeúntes te han golpeado con el paraguas. Líneas y más líneas de profundidad lanzadas rápidamente al hiperespacio que describen un estado transitorio de tu psique.

Demasiado esfuerzo. Leer cansa. Casi tanto como crear lazos reales con una persona. Por eso se ha extendido ahora el lazo 2.0 entre las personas: las redes sociales y el microblogging. Ahora la amistad se circunscribe a una línea de texto que aparece en tu Facebook. Ahora ya no se envían cartas, se twittea. Todos conocemos la más reciente banalidad de nuestros conocidos. Pero nos desvinculamos a cada momento más de ellos, porque no podemos compartir una reflexión. La capacidad de sentarse y arreglar el mundo ya sólo se limita a un grupo de tu red social favorita. Cada vez más aislados, cada vez más incidentales, cada vez más conectados, cada vez más banales, más limitados, más aislados. La paradoja 2.0: tenemos más amigos que nunca, y seguimos estando condenadamente solos.

La invisible socavación

Soy un extranjero en la capital de Alemania. No duermo una resaca por los efluvios patrocinados a estas horas del día, como hacen millones de personas del planeta en estos momentos. Mi cuerpo está sentado, observando, en medio de la inmensa llanura que no se detiene ya hasta los Urales. Escribo en una lengua diferente. Observo y tengo viva la capacidad de pensar con completa claridad. Tengo opiniones que navegan entre el francotiro y la incorrección más absoluta. Por ejemplo, hay días que opino que habría que borrar a determinada gente del planeta: banqueros, por ejemplo.

Por todo esto, podría ser un elemento potencialmente peligroso. El Bundeskriminalamt (Oficina de Investigación Criminal Federal) podría estar leyendo estas palabras en el momento en el que las tecleo. Porque desde hoy, y gracias a una nueva ley aprobada por el gobierno de la Gran Coalición (CDU y SPD), esta agencia del Gobierno alemán tiene la facultad de entrar con impunidad en mi ordenador personal con un troyano que envíe toda mi información a los servicios de información del gobierno. Mi nombre real quizá pasara a juntarse en la carpeta donde ya figuran mi cuenta bancaria, mi número fiscal y mis datos biométricos, con un nuevo archivo de peligrosidad en el que se analizara la frecuencia con la que dudo de la honestidad de Wolfgang Schäuble, de la fiabilidad del tan proclamado Estado del Bienestar alemán o del auténtico género de Angela Merkel (por si lo dudan, he hallado tras profundas reflexiones que no puede ser una mujer dado que las mujeres suelen tomar decisiones razonables e inteligentes, y no tienen cara de perro pachón).

El plan ha conseguido aprobarse pese a la resistencia cuidadana y a la férrea oposición inicial de los Länder (estados federales), quienes contaron en el Bundesrat con un voto individual que permitió rechazar la propuesta de ley a principios de diciembre. Naturalmente, al más puro estilo burócrata europeo, se reescribió el procedimiento: si el resultado no favorece a tus intereses, rompe las reglas del juego y vuelve a plantearlo para obtener entonces la respuesta que deseas. Tal y como se ha hecho con el No irlandés al Tratado de Niza, el CDU ha aprovechado el relevo en la cúpula del SPD para obligar a los nuevos dirigentes -que son otra vez los mismos que empezaron la Gran Coalición- a llamar al orden a los Länder para repetir la votación.

Te juro que todo esto es para protegerte

Te juro que todo esto es para protegerte

El resultado: desde hace 19 horas, el Estado alemán puede elevar a un juez la solicitud -meramente formal- de entrar en cualquier ordenador personal de cualquier persona sospechosa de terrorismo.

Ah, el terrorismo, la excusa postmoderna, el gran comodín para todo.

Un subapartado de la ley exonera curiosamente de ser investigados a abogados, diputados y religiosos. Los medios de comunicación resaltan que nada se dice de, por ejemplo, periodistas. Y en los últimos años, empresas tan poderosas como la Deutsche Telekom o Siemens se han visto envueltas en escándalos de espionaje a sus propios empleados y cuadros directivos, como medidas para obtener informaciones comprometedoras en las intestinas luchas de poder que siempre tienen lugar en toda organización con más de 3 trabajadores. Medios como el Süddeutsche Zeitung o Der Spiegel -quienes ya sufrieron el espionaje del Estado a las comunicaciones de una de sus periodistas años atrás- se han enfrascado en una lucha pública para rechazar la ley, o, al menos, conseguir que el denominado Cuarto Poder, los medios de comunicación, no entren en ese saco y sigan pudiendo proteger legalmente sus fuentes de información.

No lo conseguirán, porque esta ley es una herramienta. No una herramienta antiterrorista, como defiende Schäuble desde su silla de ruedas con la pasión de los autoconvencidos -sufrió un atentado en 1990 que le condenó a esa silla, curiosamente no por un islamista, sino por un ciudadano alemán con problemas de esquizofrenia paranoide-; Schäuble defiende esta herramienta porque permite la instalación de un estado de vigilancia que concuerda con sus propias debilidades. Una herramienta de control absoluto.

Y este es sólo el caso alemán.

En realidad estamos regidos por fobias particulares y objetivos industriales que nos limitan día a día la capacidad de movimiento. No vaya a ocurrírsenos cambiar algo, o siquiera intentarlo.

La instalación del miedo, la invisible y progresiva socavación de nuestros derechos individuales es incontestable. Durante este año, en la supuestamente culta, aristocrática y elevada Europa, hemos visto movimientos claros de inoculación del miedo indiscriminado. El proyecto de aplicación de excepciones laborales para elevar la semana de trabajo a 65 horas. El proyecto de introducir escáneres corporales en aeropuertos que literalmente te dejan desnudo ante una pantalla. El proyecto, ahora ley, de virus patrocinados por el Ministerio del Interior. Todos globos sondas, ante los que algunas oposiciones han sido tan sonadas que han sido imposibles de aplicar, al menos por ahora. Como con la ley de espionaje online, sólo hay que saltarse las reglas de juego, cepillarse la separación entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, y volver a plantear la ley en otro ámbito que garantice la aprobación a la búlgara.

2008 ha sido un año nefasto en la libertad de quien está leyendo esto ahora mismo.

2009 tiene pinta de ser un año en el que para un gobierno de la avanzada Europa, alguien que escribe palabras como estas puede ser considerado como sospechoso. Y hace falta valor para conservar la independencia y no sumarnos a la muerte de las ideologías en el magma de la corrección.

Si quieren jugar duro, desde hoy tengo un archivo de Word dentro de la carpeta Próximas Acciones llamado Ataque en Alexanderplatz. Veremos si concluyo el año pudiendo escribir en este blog.

Cuando el voto se convierte en grito

Si esto fuera una columna barata, lanzaríamos epítetos hechos frase como

Algo Sucede En Centroeuropa

o quizá lo adornáramos con un titular del estilo

Crisis de los partidos tradicionales

En realidad es una mera cuestión de estilo. O de su carencia, en los casos anteriormente expuestos.

Las secciones de Internacional de ayer y hoy en la prensa hablan de dos hechos independientes, aislados y que tienen en común sólo dos detalles: uno, domingo de elecciones, y dos, sucedían en dos países centroeuropeos, Alemania (autonómicas, podríamos decir) y Austria (generales). Ambas noticias han aparecido en los medios sin interconexión mutua, aisladas, retratadas tan antagónicamente como la quinta derrota de la temporada del recién ascendido Sporting de Gijón y la nacionalización de Fortis.

Por un lado, el titular más mediático es el austriaco, puesto que hasta los seres unicelulares son capaces de ver la verdadera dimensión de los resultados electorales. Los dos grandes partidos llevaban tres años fagocitándose el poder en los palacios gubernamentales de la Ringstrasse, en las técnicas gitanescas de socavación inherentes a dos enemigos forzados a convivir en armonía, sacándose los intestinos como dos pitbulls en un cuarto oscuro, pero sonriendo y con corbata, como corresponde a todo un ser humano. La coprofagia institucional derivó en la incapacidad inicial para solventar los grandes temas de Estado primero, y las medidas concretas después.

Adorador de las esencias patrias

Adorador de las esencias patrias

El resultado, el de este domingo: hundimiento de ambos adoradores del terciopelo institucional, y los dos partidos de ultraderecha vuelven a acaparar líneas y titulares tras el imparable y paradigmático ascenso de 2000 de Jörg Haider. Las sanciones de la UE y aquel aislamiento no han servido de nada, porque la memoria del pueblo es frágil como las lágrimas de un futbolista de élite, y porque ninguno de los grandes partidos ha sido capaz de revocar esa patética sensación de fragilidad e inoperancia que echó gasolina sobre las brasas del descontento.

Justo al otro lado, en el estado federado limítrofe con Austria, Baviera celebraba elecciones.

[Como bien demuestra la historia, ambas regiones están unidas por lazos que van más allá de las fronteras: Hitler era un austriaco de frontera, que desde Berteschgaden observaba el horizonte que estaba dispuesto a unir a la fuerza, porque en su opinión los valores bávaros (y por ende alemanes) eran el espíritu real de Alemania, por delante de los estirados prusianos del Norte. Pero esa es otra historia.]

Beckstein, presidente de Baviera, jugando a la bavaridad

Beckstein, presidente de Baviera, jugando a la bavaridad

En Baviera, casi desde el fin de la segunda Guerra Mundial, gobierna el partido-institución CSU (Unión Social Cristiana), fundado por Strauß, gobierna Baviera desde finales de los cincuenta, y desde 1966 encadenando mayoría absoluta tras mayoría absoluta. Sin ir más lejos, en 2003 Stoiber sacó un 60,3% de votos, envidiable porcentaje hasta para presidentes autonómicos con discursos apocalípticos del agua y congresos búlgaros. Medio siglo de gobierno que este domingo ha recibido una bofetada: caída de 17 puntos hasta quedarse en sólo un 43% de los votos. Un partido acostumbrado al rodillo durante décadas que ahora tiene que hacer algo que no sabe hacer: negociar y escuchar. “El CSU no ha perdido las elecciones: es que ahora Baviera quiere que compartamos el poder”, ha afirmado revestido de inoperancia e incapacidad política Huber, presidente del partido, en unas declaraciones que demuestran por qué el CSU ha caído de esa manera: de ser un concepto casi transideológico -es difícil discrepar ideológicamente en un estado profundamente católico, cerrado y donde se prima la riqueza material del ciudadano- común a todos los bávaros, a ser el ejemplo del amodorramiento unitario del estado más rico dentro de Alemania.

Los dos resultados electorales de ambos estados ofrecen lecturas absolutamente simétricas: partidos grandes automasturbatorios que caen y ceden el campo a partidos minoritarios. ¿Erosión en el poder? En parte. Pero no pueden explicarse sin un nuevo concepto: el voto como protesta. El voto como grito. El voto como escupitajo.

Estamos arrancando, desde Centroeuropa, un movimiento de incalculables efectos.

El voto como acción anarquista.

Reconozcamos ciertos hechos: el voto del miedo ya no existe. Desde los albores de la democracia se utiliza el miedo como arma, que vienen los fachas, que vienen los comunistas, que vienen los integristas, que vienen los musulmanes, que vienen los negros, que vienen los abortistas. Es decir: desde los partidos y los gobiernos se ha supeditado el ejercicio de elección democrática a una acción de defensa o de ataque, olvidando cualidades programáticas o la simple posibilidad de la opinión relativa: esa que dice que ninguno de nosotros somos algo perteneciente a una ideología, sino personas variables y fragmentarias con ideas dispares difíciles de catalogar en un nicho de mercado o ideológico. Desde el discurso del miedo se genera la acción por reacción: una reacción controlada y acorde a los mecanismos de poder que se alternan los grandes partidos sin grandes estridencias salvo las formales. Las necesarias para mantener el circo, la ideología del miedo. Durante mucho tiempo ha dado resultado. Los antagonismos izquierda-derecha y sus múltiples azuzamientos panicales han llevado a los grandes partidos a borrar lentamente los claros y gruesos límites que les separan dialécticamente para subvertirse a una nueva ideología: el reparto del poder, la colocación de asesores afines a los que se les debe favores, la tecnocracia en vez de la democracia.

Sin embargo, como el bipartidismo del siglo XIX, ese horizonte tiene un punto final. El que acaba de nacer en Centroeuropa: el voto como alarido. La protesta clara, el mensaje directo: un gigantesco No. La renovación directa de unos cuadros políticos anquilosados, corruptos, podridos y estancados en el lodazal que sus propias defecciones han creado.

El hecho es claro y existe de manera indiscutible. En los resultados bávaros han aparecido por primera vez los Freie Wähler (Electores Libres) con un 10%, un ascenso notable de los Verdes (9%) y del FDP (8%), y casi el nuevo partido de la izquierda, Die Linke, entra en el parlamento con un 4’8%, milagroso porcentaje en un estado nacionalcatólico cuya ortodoxia pura es el BMW y la nómina. Asimismo, en el otro lado de la balanza, tenemos ese salvaje 30% acumulado entre los dos partidos de extrema derecha austriacos, FPÖ y el nuevo BZÖ, creado por Haider a su imagen y semejanza tras su salida accidentada del FPÖ. Y en las elecciones comunales de muchos estados alemanes encuadrados en la antigua parte comunista, el ascenso de las extremas -extrema izquierda y la extrema derecha, el NPD, con representación histórica en varios parlamentos regionales-.

Sin embargo, lo que sí es discutible es si los electores serán capaces de discernir entre la destrucción renovadora y la destrucción involutiva. El voto como rebelión, como protesta, existe. Ya ha sido creado y canalizado, y su onda expansiva alcanzará al resto de Europa probablemente en los próximos cinco años.

La pregunta es, ¿tendrá la sociedad, desencantada de inoperancia y de palabrería hueca, la capacidad de separar un voto de protesta de un voto que alimenta a un lobo que nos coma a todos por los pies?

La última vez que la sociedad centroeuropea respondió a esta pregunta, fue en 1933.

Quizá ahora sea cuestión de que grite todo el electorado del resto de Europa, para dirigir este descontento en la dirección correcta. La sociedad civil camina entre el descontento y el temor, el asco y la esperanza. Quiere ser europeo, pero seguimos temiendo a los inmigrantes y sacamos al ejército para expulsarlos. Queremos quemar sucursales bancarias, pero nadie se queja cuando suben las comisiones de los cajeros. El paradigma europeo, el relativismo de saber que todo nuestro malestar no es más que un grano ínfimo en el universo, genera la terrible posibilidad de mejorarlo drásticamente o volarlo por los aires. De todos nosotros depende que eliminemos una política nauseabunda, que prioriza donar dinero a los bancos que acabar con el hambre, pero también del compromiso de todos depende no dejar que esa arcada política no sea eliminada con el acero de los cuchillos y el fuego de las esencias inexistentes de las razas.

La pérdida de la inocencia urbanística

–La destrucción de una zona histórica enciende los ánimos en Berlín–

– Nada de todo esto… esto, no, no me pertenece,

masculla el hombre que está sentado en el vagón de la línea de metro U1, la que cruza el puente del Oberbaumbrücke y une las estaciones de Warschauer Strasse, Este, con Schlesische Strasse, Oeste. Este hombre, edad indeterminada entre 55 y 65 años, mira por la ventana derecha del vagón mientras el convoy sale de la estación de Warschauer Strasse y observa la margen antigua del Este. No hay mayor lección de historia que subirse en este tren, mirar el resto del muro y los terrenos baldíos que se asomaban como una cicatriz imborrable. El puente data de finales del siglo XIX y se atraviesa a menos de 30 km/h. Hay tiempo suficiente para masticar el horror. El antiguo y el nuevo. Es el nuevo horror el que no le pertenece.

Durante dieciocho años, el espacio que llevaba a lo que ahora se llama East Side Gallery (un trozo del muro en el distrito de Friedrichshain que se ha hecho famoso por las míticas pintadas que tiene) era un páramo. Un lugar que antes era una franja de seguridad patrullada por militares con subfusiles y perros, y que tras la caída permaneció vacío, o bien dio pie a que se crearan iniciativas de ocio típicamente berlinesas: improvisadas y creativas a partes iguales. En aquella zona surgió el 25, un after a orillas del río Spree que ya es un clásico de los fines de semana berlineses: un clásico creado con maderos viejos, arena artificial y la intención de ofrecer un hogar a los technófilos insomnes. Un clásico que, como la franja del río en la que reside, tiene los días contados.

El hombre murmura algo del Mediaspree, el alcalde Wowereit y la palabra Scheiße (mierda).

Mediaspree es el consorcio creado por empresarios de la construcción, propietarios de terrenos y naves abandonadas, y especuladores dispuestos a sacar tajada de millones de metros cuadrados todavía por explotar y que, hablando geográficamente, se encuentran en pleno centro de Berlín. La ciudad de Berlín, que es en sí misma una de las tres ciudades-estado de Alemania -junto a Hamburgo y Bremen-, arrastra desde los tiempos de la reunificación una deuda histórica con el gobierno central, tiene una tasa media sostenida del 18% de paro y Wowereit, el alcalde, necesita atraer inversores al precio que sea. El plan de Mediaspree es levantar oficinas y viviendas de lujo tras conseguir la aprobación para construir el o2 Arena, un pabellón multiusos con capacidad para 17.000 personas y que ha costado 165 millones de euros a la empresa de telefonía móvil que le da nombre. El edificio, como todo edificio creado sin necesidad, abusa del neón y el cristal, y rompe la perspectiva de unos terrenos que mucha gente considera un trozo de la historia que debería permanecer intocado.

Como el hombre que mira horrorizado desde el tren que avanza lentamente por el Oberbaumbrücke. Ya no musita más cosas en esta gris mañana de preotoño en Berlín: sólo mira, incrédulo, el mastodonte, observa las pantallas gigantes que funcionan día y noche y contaminan lumínicamente los alrededores de una forma insoportable, y se pregunta cómo se ha podido llegar a esto.

Claro que este hombre también recuerda haber visto a miles de personas manifestándose en los últimos dos años bajo el nombre de “MediaSpree versenken” (“Hundamos MediaSpree”), mucha gente joven negándose a la llegada del capitalismo extremo a una ciudad que durante casi dos décadas ha vivido en un limbo que no se correspondía con la realidad teórica de ser una gran capital europea. Berlín ha sido desde 1990 un epicentro de arte e independencia de tal calibre que los propios alemanes dicen que Berlín no está en Alemania, que se trata de una isla con la que no tienen nada que ver y donde la gente no vive para trabajar, sino que trabaja para vivir. Esa filosofía de tomarse las cosas tan típicamente berlinesa se está extinguiendo poco a poco mediante la mercantilización inmobiliaria salvaje y la convergencia con el estándar del resto de Alemania y el resto de Europa, lo que se concreta en la desaparición paulatina de los símbolos. El 25 es un símbolo, como lo es la Kunsthaus Tacheles, y ambas están tocadas de muerte por conglomerados como el MediaSpree.

Los chicos protestan, la gente protesta, pero ya no se puede hacer nada. Todo esto está ya decidido sin nosotros, piensa el hombre del tren mientras tocamos la orilla Oeste.

Y uno de los palacios de deportes más modernos del mundo ya está inaugurado en unos terrenos históricos. Wowereit habló del “orgullo” de la ciudad por haber dado un primer paso histórico en rehabilitar una zona “abandonada”. En los exteriores, por supuesto sin invitación, mil personas protestaban contra este proyecto que destroza un poco más la leyenda de libertad berlinesa.

Lógicamente, los antidisturbios les invitaron a irse con su sutileza habitual. Todo esto lo vio el hombre del vagón de metro a lo lejos, desde el puente. Probablemente giró el rostro hacia la izquierda para observar el antiguo puerto fluvial del Este, donde todavía los contenedores no han sido sustituidos por oficinas y lofts de lujo. Ver represión en un lugar como ese quizá le traía más de un recuerdo.

Las cosas cambian, pero no tanto, podría haber pensado.

Naturalmente, nada de todo eso existía al día siguiente, el 11 de septiembre. Los periódicos hablaban del aniversario de la masacre americana y del fastuoso estreno del pabellón con fuegos artificiales, que tendría como inauguración de lujo el concierto de Metallica, para el cual la totalidad del aforo está cubierto desde hace más de un mes. Estreno de lujo, El o2 estrena la revitalización de la zona deprimida de Friedrichshain, etecé etecé.

Todo son palabras para definir este proyecto que reconfigurará para siempre el perfil de Berlín. Turistas alemanes y extranjeros vendrán a hacerse fotos y a disfrutar de sus estrellas musicales o deportivas desde sus gradas, y cuando salgan verán, como un incidente, a lo lejos, un trozo de muro que cada día es más souvenir. El hombre del vagón sólo observa el monstruo y se rasca su barba de dos días, y murmura cosas en un alemán incomprensible. Mientras me bajo en Schlesische Strasse pienso, quizá lleva meses temiendo que cuando él se baje del vagón su casa ya no exista. Quizá por eso viaja yendo y viniendo por la U1 y trata de no bajarse nunca. Por el pánico berlinés a esta modernidad.