Cuando el voto se convierte en grito


Si esto fuera una columna barata, lanzaríamos epítetos hechos frase como

Algo Sucede En Centroeuropa

o quizá lo adornáramos con un titular del estilo

Crisis de los partidos tradicionales

En realidad es una mera cuestión de estilo. O de su carencia, en los casos anteriormente expuestos.

Las secciones de Internacional de ayer y hoy en la prensa hablan de dos hechos independientes, aislados y que tienen en común sólo dos detalles: uno, domingo de elecciones, y dos, sucedían en dos países centroeuropeos, Alemania (autonómicas, podríamos decir) y Austria (generales). Ambas noticias han aparecido en los medios sin interconexión mutua, aisladas, retratadas tan antagónicamente como la quinta derrota de la temporada del recién ascendido Sporting de Gijón y la nacionalización de Fortis.

Por un lado, el titular más mediático es el austriaco, puesto que hasta los seres unicelulares son capaces de ver la verdadera dimensión de los resultados electorales. Los dos grandes partidos llevaban tres años fagocitándose el poder en los palacios gubernamentales de la Ringstrasse, en las técnicas gitanescas de socavación inherentes a dos enemigos forzados a convivir en armonía, sacándose los intestinos como dos pitbulls en un cuarto oscuro, pero sonriendo y con corbata, como corresponde a todo un ser humano. La coprofagia institucional derivó en la incapacidad inicial para solventar los grandes temas de Estado primero, y las medidas concretas después.

Adorador de las esencias patrias

Adorador de las esencias patrias

El resultado, el de este domingo: hundimiento de ambos adoradores del terciopelo institucional, y los dos partidos de ultraderecha vuelven a acaparar líneas y titulares tras el imparable y paradigmático ascenso de 2000 de Jörg Haider. Las sanciones de la UE y aquel aislamiento no han servido de nada, porque la memoria del pueblo es frágil como las lágrimas de un futbolista de élite, y porque ninguno de los grandes partidos ha sido capaz de revocar esa patética sensación de fragilidad e inoperancia que echó gasolina sobre las brasas del descontento.

Justo al otro lado, en el estado federado limítrofe con Austria, Baviera celebraba elecciones.

[Como bien demuestra la historia, ambas regiones están unidas por lazos que van más allá de las fronteras: Hitler era un austriaco de frontera, que desde Berteschgaden observaba el horizonte que estaba dispuesto a unir a la fuerza, porque en su opinión los valores bávaros (y por ende alemanes) eran el espíritu real de Alemania, por delante de los estirados prusianos del Norte. Pero esa es otra historia.]

Beckstein, presidente de Baviera, jugando a la bavaridad

Beckstein, presidente de Baviera, jugando a la bavaridad

En Baviera, casi desde el fin de la segunda Guerra Mundial, gobierna el partido-institución CSU (Unión Social Cristiana), fundado por Strauß, gobierna Baviera desde finales de los cincuenta, y desde 1966 encadenando mayoría absoluta tras mayoría absoluta. Sin ir más lejos, en 2003 Stoiber sacó un 60,3% de votos, envidiable porcentaje hasta para presidentes autonómicos con discursos apocalípticos del agua y congresos búlgaros. Medio siglo de gobierno que este domingo ha recibido una bofetada: caída de 17 puntos hasta quedarse en sólo un 43% de los votos. Un partido acostumbrado al rodillo durante décadas que ahora tiene que hacer algo que no sabe hacer: negociar y escuchar. “El CSU no ha perdido las elecciones: es que ahora Baviera quiere que compartamos el poder”, ha afirmado revestido de inoperancia e incapacidad política Huber, presidente del partido, en unas declaraciones que demuestran por qué el CSU ha caído de esa manera: de ser un concepto casi transideológico -es difícil discrepar ideológicamente en un estado profundamente católico, cerrado y donde se prima la riqueza material del ciudadano- común a todos los bávaros, a ser el ejemplo del amodorramiento unitario del estado más rico dentro de Alemania.

Los dos resultados electorales de ambos estados ofrecen lecturas absolutamente simétricas: partidos grandes automasturbatorios que caen y ceden el campo a partidos minoritarios. ¿Erosión en el poder? En parte. Pero no pueden explicarse sin un nuevo concepto: el voto como protesta. El voto como grito. El voto como escupitajo.

Estamos arrancando, desde Centroeuropa, un movimiento de incalculables efectos.

El voto como acción anarquista.

Reconozcamos ciertos hechos: el voto del miedo ya no existe. Desde los albores de la democracia se utiliza el miedo como arma, que vienen los fachas, que vienen los comunistas, que vienen los integristas, que vienen los musulmanes, que vienen los negros, que vienen los abortistas. Es decir: desde los partidos y los gobiernos se ha supeditado el ejercicio de elección democrática a una acción de defensa o de ataque, olvidando cualidades programáticas o la simple posibilidad de la opinión relativa: esa que dice que ninguno de nosotros somos algo perteneciente a una ideología, sino personas variables y fragmentarias con ideas dispares difíciles de catalogar en un nicho de mercado o ideológico. Desde el discurso del miedo se genera la acción por reacción: una reacción controlada y acorde a los mecanismos de poder que se alternan los grandes partidos sin grandes estridencias salvo las formales. Las necesarias para mantener el circo, la ideología del miedo. Durante mucho tiempo ha dado resultado. Los antagonismos izquierda-derecha y sus múltiples azuzamientos panicales han llevado a los grandes partidos a borrar lentamente los claros y gruesos límites que les separan dialécticamente para subvertirse a una nueva ideología: el reparto del poder, la colocación de asesores afines a los que se les debe favores, la tecnocracia en vez de la democracia.

Sin embargo, como el bipartidismo del siglo XIX, ese horizonte tiene un punto final. El que acaba de nacer en Centroeuropa: el voto como alarido. La protesta clara, el mensaje directo: un gigantesco No. La renovación directa de unos cuadros políticos anquilosados, corruptos, podridos y estancados en el lodazal que sus propias defecciones han creado.

El hecho es claro y existe de manera indiscutible. En los resultados bávaros han aparecido por primera vez los Freie Wähler (Electores Libres) con un 10%, un ascenso notable de los Verdes (9%) y del FDP (8%), y casi el nuevo partido de la izquierda, Die Linke, entra en el parlamento con un 4’8%, milagroso porcentaje en un estado nacionalcatólico cuya ortodoxia pura es el BMW y la nómina. Asimismo, en el otro lado de la balanza, tenemos ese salvaje 30% acumulado entre los dos partidos de extrema derecha austriacos, FPÖ y el nuevo BZÖ, creado por Haider a su imagen y semejanza tras su salida accidentada del FPÖ. Y en las elecciones comunales de muchos estados alemanes encuadrados en la antigua parte comunista, el ascenso de las extremas -extrema izquierda y la extrema derecha, el NPD, con representación histórica en varios parlamentos regionales-.

Sin embargo, lo que sí es discutible es si los electores serán capaces de discernir entre la destrucción renovadora y la destrucción involutiva. El voto como rebelión, como protesta, existe. Ya ha sido creado y canalizado, y su onda expansiva alcanzará al resto de Europa probablemente en los próximos cinco años.

La pregunta es, ¿tendrá la sociedad, desencantada de inoperancia y de palabrería hueca, la capacidad de separar un voto de protesta de un voto que alimenta a un lobo que nos coma a todos por los pies?

La última vez que la sociedad centroeuropea respondió a esta pregunta, fue en 1933.

Quizá ahora sea cuestión de que grite todo el electorado del resto de Europa, para dirigir este descontento en la dirección correcta. La sociedad civil camina entre el descontento y el temor, el asco y la esperanza. Quiere ser europeo, pero seguimos temiendo a los inmigrantes y sacamos al ejército para expulsarlos. Queremos quemar sucursales bancarias, pero nadie se queja cuando suben las comisiones de los cajeros. El paradigma europeo, el relativismo de saber que todo nuestro malestar no es más que un grano ínfimo en el universo, genera la terrible posibilidad de mejorarlo drásticamente o volarlo por los aires. De todos nosotros depende que eliminemos una política nauseabunda, que prioriza donar dinero a los bancos que acabar con el hambre, pero también del compromiso de todos depende no dejar que esa arcada política no sea eliminada con el acero de los cuchillos y el fuego de las esencias inexistentes de las razas.

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3 pensamientos en “Cuando el voto se convierte en grito

  1. Gracias, Thomas, por llamar nuestra atención sobre las elecciones en Austria y Baviera.

    En unos momentos en los que Bush quería ‘colar’ su plan de rescate “por el bien de los ciudadanos”; en un momento en el que los medios están empeñados en que nos pasemos el día mirando unos valores de la Bolsa ajenos a la mayoría de nosotros, etc.
    Que alguien me aclare: Si el plan Bush era tan fantástico, ¿por qué el Congreso se ha negado a aprobarlo?
    Hoy he leído el periódico, he visto la TV, he visitado Internet…pero nadie explica el porqué. Tan sólo se ha anunciado que el proyecto debía se votado en el Congreso y su negativa.
    Todos estos acontecimientos trasladan a segundo plano el análisis de las elecciones que tú comentas. Hay que reflexionar y sacar lecciones de ellas. En España vamos, más despacio, pero por el mismo camino. Si Franco hizo de los “25 años de paz” su estandarte, en andalucía, el sr. chaves pronto podrá proclamar los “25 años de progreso” y que “nunca en andalucía se había vivido como ahora”. Merci beaucoup, monsieur chaves, pero deje paso…

  2. Hola!
    Si todavia no has votado en la categoría de cine, me gustaria que te pasases por mi blog Entre luces y cámaras
    Puede parecerte penoso el andar pidiendo votos,pero si no nos hacemos publicidad a nosotros mismos ¿quién lo va a hacer? De hecho esto solo lo hago para dar a conocer mi blog. Si te gusta el blog, segun tu criterio puedes votar por el aquí
    Aunque no votes por mi blog, me gustaría que lo siguieses visitando, porque eso me anima a seguir escribiendo en él.

    Gracias

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