La pérdida de la inocencia urbanística


–La destrucción de una zona histórica enciende los ánimos en Berlín–

– Nada de todo esto… esto, no, no me pertenece,

masculla el hombre que está sentado en el vagón de la línea de metro U1, la que cruza el puente del Oberbaumbrücke y une las estaciones de Warschauer Strasse, Este, con Schlesische Strasse, Oeste. Este hombre, edad indeterminada entre 55 y 65 años, mira por la ventana derecha del vagón mientras el convoy sale de la estación de Warschauer Strasse y observa la margen antigua del Este. No hay mayor lección de historia que subirse en este tren, mirar el resto del muro y los terrenos baldíos que se asomaban como una cicatriz imborrable. El puente data de finales del siglo XIX y se atraviesa a menos de 30 km/h. Hay tiempo suficiente para masticar el horror. El antiguo y el nuevo. Es el nuevo horror el que no le pertenece.

Durante dieciocho años, el espacio que llevaba a lo que ahora se llama East Side Gallery (un trozo del muro en el distrito de Friedrichshain que se ha hecho famoso por las míticas pintadas que tiene) era un páramo. Un lugar que antes era una franja de seguridad patrullada por militares con subfusiles y perros, y que tras la caída permaneció vacío, o bien dio pie a que se crearan iniciativas de ocio típicamente berlinesas: improvisadas y creativas a partes iguales. En aquella zona surgió el 25, un after a orillas del río Spree que ya es un clásico de los fines de semana berlineses: un clásico creado con maderos viejos, arena artificial y la intención de ofrecer un hogar a los technófilos insomnes. Un clásico que, como la franja del río en la que reside, tiene los días contados.

El hombre murmura algo del Mediaspree, el alcalde Wowereit y la palabra Scheiße (mierda).

Mediaspree es el consorcio creado por empresarios de la construcción, propietarios de terrenos y naves abandonadas, y especuladores dispuestos a sacar tajada de millones de metros cuadrados todavía por explotar y que, hablando geográficamente, se encuentran en pleno centro de Berlín. La ciudad de Berlín, que es en sí misma una de las tres ciudades-estado de Alemania -junto a Hamburgo y Bremen-, arrastra desde los tiempos de la reunificación una deuda histórica con el gobierno central, tiene una tasa media sostenida del 18% de paro y Wowereit, el alcalde, necesita atraer inversores al precio que sea. El plan de Mediaspree es levantar oficinas y viviendas de lujo tras conseguir la aprobación para construir el o2 Arena, un pabellón multiusos con capacidad para 17.000 personas y que ha costado 165 millones de euros a la empresa de telefonía móvil que le da nombre. El edificio, como todo edificio creado sin necesidad, abusa del neón y el cristal, y rompe la perspectiva de unos terrenos que mucha gente considera un trozo de la historia que debería permanecer intocado.

Como el hombre que mira horrorizado desde el tren que avanza lentamente por el Oberbaumbrücke. Ya no musita más cosas en esta gris mañana de preotoño en Berlín: sólo mira, incrédulo, el mastodonte, observa las pantallas gigantes que funcionan día y noche y contaminan lumínicamente los alrededores de una forma insoportable, y se pregunta cómo se ha podido llegar a esto.

Claro que este hombre también recuerda haber visto a miles de personas manifestándose en los últimos dos años bajo el nombre de “MediaSpree versenken” (“Hundamos MediaSpree”), mucha gente joven negándose a la llegada del capitalismo extremo a una ciudad que durante casi dos décadas ha vivido en un limbo que no se correspondía con la realidad teórica de ser una gran capital europea. Berlín ha sido desde 1990 un epicentro de arte e independencia de tal calibre que los propios alemanes dicen que Berlín no está en Alemania, que se trata de una isla con la que no tienen nada que ver y donde la gente no vive para trabajar, sino que trabaja para vivir. Esa filosofía de tomarse las cosas tan típicamente berlinesa se está extinguiendo poco a poco mediante la mercantilización inmobiliaria salvaje y la convergencia con el estándar del resto de Alemania y el resto de Europa, lo que se concreta en la desaparición paulatina de los símbolos. El 25 es un símbolo, como lo es la Kunsthaus Tacheles, y ambas están tocadas de muerte por conglomerados como el MediaSpree.

Los chicos protestan, la gente protesta, pero ya no se puede hacer nada. Todo esto está ya decidido sin nosotros, piensa el hombre del tren mientras tocamos la orilla Oeste.

Y uno de los palacios de deportes más modernos del mundo ya está inaugurado en unos terrenos históricos. Wowereit habló del “orgullo” de la ciudad por haber dado un primer paso histórico en rehabilitar una zona “abandonada”. En los exteriores, por supuesto sin invitación, mil personas protestaban contra este proyecto que destroza un poco más la leyenda de libertad berlinesa.

Lógicamente, los antidisturbios les invitaron a irse con su sutileza habitual. Todo esto lo vio el hombre del vagón de metro a lo lejos, desde el puente. Probablemente giró el rostro hacia la izquierda para observar el antiguo puerto fluvial del Este, donde todavía los contenedores no han sido sustituidos por oficinas y lofts de lujo. Ver represión en un lugar como ese quizá le traía más de un recuerdo.

Las cosas cambian, pero no tanto, podría haber pensado.

Naturalmente, nada de todo eso existía al día siguiente, el 11 de septiembre. Los periódicos hablaban del aniversario de la masacre americana y del fastuoso estreno del pabellón con fuegos artificiales, que tendría como inauguración de lujo el concierto de Metallica, para el cual la totalidad del aforo está cubierto desde hace más de un mes. Estreno de lujo, El o2 estrena la revitalización de la zona deprimida de Friedrichshain, etecé etecé.

Todo son palabras para definir este proyecto que reconfigurará para siempre el perfil de Berlín. Turistas alemanes y extranjeros vendrán a hacerse fotos y a disfrutar de sus estrellas musicales o deportivas desde sus gradas, y cuando salgan verán, como un incidente, a lo lejos, un trozo de muro que cada día es más souvenir. El hombre del vagón sólo observa el monstruo y se rasca su barba de dos días, y murmura cosas en un alemán incomprensible. Mientras me bajo en Schlesische Strasse pienso, quizá lleva meses temiendo que cuando él se baje del vagón su casa ya no exista. Quizá por eso viaja yendo y viniendo por la U1 y trata de no bajarse nunca. Por el pánico berlinés a esta modernidad.

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