Culturas de la muerte


Así dicho asusta un poco, ¿verdad? La Muerte. Buf, buf, dirás mientras empiezas a mover los dedos para pasar de página. Pues sobre eso queremos hablar: de cómo se toman la muerte en otros lugares y cómo nos la tomamos aquí. Y no, no salimos ganando en la comparación.

Por Thomas Bernhard.

Hecho cierto número uno: a todos nos asusta la muerte. Es algo inevitable con lo que convivimos a diario, pero tratamos por todos los medios de que no nos toque, que no entre en las conversaciones del día a día. La ignoramos. Compramos ropa nueva, cambiamos de móvil, de peinado, de pareja. Jugamos a cualquier lotería para volver a empezar nuestra vida. Pero nada de eso puede borrar una certeza en la que nos negamos a pensar: un día morirás. ¿Y qué ocurre desde ese momento?

Obviemos las ceremonias innovadoras importadas de las películas americanas, con lanzamiento de cenizas al viento o al mar. Aunque la Constitución diga que somos un país aconfesional (ejem), la mayoría opta por el entierro tradicional de tumba, sepulcro o nicho. Y para eso existen los cementerios, que cobran dimensiones ciclópeas en ciudades como Madrid. Un Primero de Noviembre en La Almudena es lo más parecido al primer día de rebajas. El dolor se aglomera, la tristeza se da de empujones con cientos de tristezas que sólo se hacen reales ese día. Todo se trivializa y se dramatiza a la vez. Ésas son las Necrópolis, supermercados de la jardinería ocasional, ciudades fundadas entorno al dolor.

Hecho Cierto Número Dos: en España rendimos culto al Dolor, con mayúsculas. Más de la mitad de la programación televisiva habla de sucesos. Es nuestra herencia latina, por muy europeos que queramos ser. Es aburrido recurrir a los tópicos, pero cuando pensamos en un entierro italiano, las películas que hemos visto nos ponen en la cabeza una comitiva llena de mujeres gritando y haciendo aspavientos. Y en España hasta hace bien poco también era así: ahora nos hemos “civilizado”, y en vez de tener plañideras en los sepelios, tenemos urnas con cenizas. Pero sólo hay que salir de las capitales para encontrar un entierro solemne y lleno de ostensibles muestras de tristeza y llanto. Como los de antes.

Hecho Cierto Numero Tres: el dolor es universal, pero la forma de demostrarlo cambia. Y ahí es donde nacen las diferentes Culturas de la Muerte. Con seguridad ya habrás viajado a una gran ciudad europea, pero probablemente no hayas reparado en cómo son sus cementerios. Por muy gótico que se pueda ser, nadie viaja para ver tumbas. Pero basta dar un paseo por determinadas ciudades para observar que no necesitan edificar macrocementerios donde acumular los féretros. Mejor dicho: que han decidido conservar los pequeños cementerios de toda la vida e integrarlos en la nueva realidad, en vez de especular con el terreno y llevarse los restos a una necrópolis del extrarradio. Igualito que aquí.

En Berlín, Londres, París o incluso en Nueva York, los cementerios son parte del paisaje urbano, pequeños y ajardinados, remansos de paz concebidos como un lugar abierto para la reflexión o simplemente, como una zona verde. Nada de una inmensa explanada de terreno simétrico donde las tumbas parecen delineadas por Leni Riefensthal. Muchos y pequeños, contra uno y grande. Originalmente, la mayoría de estos pequeños cementerios datan de los siglos XVII en adelante, cuando eran terrenos adyacentes a iglesias o conventos, y por tanto, lugares apropiados para hacer enterramientos de miembros de la comunidad o monjes. Con el tiempo, se fueron abriendo al público en general, lo cual para muchos significó la desaparición por no ser “rentables”. Pero para otros muchos, fue la forma de sobrevivir, ya que al crecer la ciudad, se necesitaban esos terrenos como zona verde.

Zona verde primando sobre otros criterios. Eran otros tiempos.

Hoy en día, nadie se plantea visitar un cementerio a menos que tenga un familiar enterrado allí, o que tenga la tumba de alguna estrella famosa (Jim Morrison, el cantante de The Doors, está enterrado en el cementerio de Père Lachaise, en París, y es la cuarta atracción más visitada tras la Torre Eiffel, Nôtre Dame y el Centro Pompidou). Sin embargo, son un refugio para aquellos a quienes les molesta el bullicio de los parques y el desenfado de los almuerzos al aire libre: no son un lugar tétrico, sino un sitio silencioso con bancos en los que sentarse a leer un libro, a observar a los pájaros, a pensar o a no hacer nada. Otro ritmo en el desenfreno de una gran ciudad.

Porque no todo en la vida es internet, tiendas de ropa y el último disco de los Arctic Monkeys tío, que es total. Porque un día morirás. Y conviene recordárselo cada cierto tiempo, en silencio, en el banco de un viejo cementerio, para darse cuenta de lo verdaderamente importante.

Esto. Ahora.

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